P. L. Salvador ha construido en 7777 una trilogía: 2222, 4444 y la última, la que da título al
conjunto. Podría haberlas sacado de manera individual, como lo hizo en 2020 con
2222, pero, al introducir la primera
de la serie en este libro, la historia ha encontrado otro sentido; al menos los
lectores podemos leerlo como el planteamiento, el nudo y el desenlace de la
evolución del ser humano.
Los personajes son recurrentes; esto
no es nuevo en Salvador; tampoco sus autorreferencias a obras anteriores, literarias
o musicales, «Sus textos y su música
adquirieron la popularidad que en su día se le negara». Son claras alusiones,
vigentes en cada momento, que nos ayudan a conectar con los personajes. Otra
técnica propia del autor, la de introducirse en sus novelas, está también
presente. Porque “Salvador” es un recurso del propio P. L. Salvador para
enriquecer su obra. Es un personaje más, con el que juega a presentar de forma
humorística una ficción, que no lo es tanto, mientras novela la realidad «Salvador anda escribiendo un ensayo. Kest
le puso el nombre de su artista favorito y nos ha salido escritor. No hace otra
cosa. Y nosotros, la Comunidad, se lo agradecemos, pues así podemos leer
literatura contemporánea».
Encontramos, sin embargo, que en 7777 ha dado una vuelta de tuerca pues
no solo ha continuado con los personajes reiterados, algunos han evolucionado
gracias a la tecnología. El millonario Zalt, de 2222, se ha desarrollado en el androide humanizado Zult; la ginoide
de última generación Kest se ha unido a la profesora Exla para regenerarse en
el drévor Kestla.
Pasamos del siglo XXIII al XLV o al
LXXVIII en un abrir de página. No necesitamos grandes descripciones de cómo
quedó la situación en una época determinada; condiciones un tanto extrañas,
alejadas de nuestra moral actual, si cabe, ejecutadas de manera más simple que
ahora o más inocente o menos ético, «El
pólag me preguntó si sabía quién era Doj Zérep. Le dije que sí, que conocía
bien a la chica. Y me lo soltó. Sus padres acaban de fallecer. ¿Se encarga
usted de la chica? Le dije que sí».
Todo ocurre rápido, todo es inmediato.
También la sintaxis que, en ocasiones se acorta tanto que tenemos la impresión
de leer poesía. Solo cuentan los sentimientos de los personajes, no las
razones, no la narración de acontecimientos. Importa el momento
¿Y dónde voy
a vivir?
Nos vamos de
viaje.
¿Usted y yo?
Tutéame.
¿Tú y yo?
Sí.
¿Por qué?
¿No te
apetece?
Me parece
raro
…
Y en la sucesión de
estos momentos encontramos una profunda sensibilidad que coloca nuestras
emociones, y las de los personajes, a flor de piel; es como si hubieran
evolucionado a lo largo del tiempo hasta descubrirse a ellos mismos en el
instante actual, el único que importa; cuando toman conciencia de lo que son
realmente «La naturaleza se comió los
restos de civilización […] yo, entonces era un ángif ignorante de mi condición.
Qué raro es vivir sin saber quién eres […] Volvimos a ser
cazadores-recolectores».
7777
es una sucesión de momentos en los que los personajes redundantes, (incluso
aunque cambien de nombre) actúan como dobles de los principales y entre los que
Salvador es el protagonista, el foco desde el que se van creando los demás, el
“Tataradeudo”. Con este recurso, el carácter ficticio se volatiliza en una
realidad brutal a la que, no nos engañemos, ya hemos llegado. Somos millones en
un planeta que no tiene recursos para todos, porque la tecnología ha ayudado a
eliminarlos, no cabe duda, pero también nuestro egoísmo o incultura. Pandemias,
epidemias forzadas o naturales consiguen cada cierto tiempo dejar a unos pocos
para que regeneren el planeta y se restablezcan como seres vivos. Pero no tiene
arreglo, volvemos al punto de partida una y otra vez. Da igual que queramos
excluir de la sociedad la política o la religión; da igual que el autor elimine
palabras para hacer una sintaxis contundente; que cambie la ortografía para
conseguir que lo escrito sea más aclaratorio; todo tiene un final y, al igual
que la sociedad sufre matanzas o epidemias para poder continuar, la literatura
de Salvador requiere la tabula rasa
para empezar de nuevo. Y de nuevo nos encontramos con los motivos del autor:
las repeticiones de palabras y de signos ortográficos reproducen situaciones y
personajes «Hay dos camas, me pido la
dówsied, y yo la set, todo estaba dicho, todo estaba decidido, con Doj necesité
sentirme madre tres veces antes de sentir que en verdad era su madre, pero Hed
(tan pequeña, tan fuerte, tan intensa) no podía esperar tanto»; el proceso
de escritura sin convencionalismos aceptados nos acerca a maneras de actuar
alejadas de la norma social; la brevedad de oraciones, de capítulos o de partes
de la etapa novelada es paralela a la brevedad del tiempo real; los comienzos
de acción de las tres novelas permiten empezar directamente con un suceso en
curso, sin contexto previo, técnica que emplea Salvador para implicar a los
lectores, para que entiendan lo que pasa según van leyendo.
Asimismo los
capítulos actúan como diarios de los personajes, obtenemos un perspectivismo
múltiple de los hechos que en ocasiones se contradice, se distorsiona la
realidad. En 2222 destaca la
imposibilidad de que la tecnología construya un mundo ordenado; es inmediata,
por lo tanto caótica y compleja. El mundo necesita de una unión, por eso, en 4444 aparece de nuevo la granja como
catalizador psicológico. Es el estímulo para iniciar la vida desde un cambio
profundo en el comportamiento y la mentalidad; los personajes actúan libres de
la lógica o de la moral que entendemos por racional, por lo que no tenemos
claro si se mueven en un mundo real o surrealista. El tabú actual es norma
social en el futuro en el que los avances tecnológicos tampoco funcionan. Los
que quieren prevalecer se aíslan en pleno contacto con la naturaleza «creo que siguen siendo un millón. Ahora son
granjeros. Aunque no se meten en nada ni con nadie, los gobiernos llevan siglos
arrinconándolos […] no conozco a ninguno».
Por eso, en 7777 encontramos nuevamente una sociedad que parece sacada del pasado, un universo involucionado en el que lo raro es la virtud «Era mentiroso. Falso. Sibilino. Cruel. Cobarde. Y peligroso. Siempre fue peligroso, incluso cuando parecía vulnerable». Sin embargo siempre existirá la esperanza del amor, lo único capaz de desafiar a la deshumanización de un mundo masificado en el que el odio nos lleva al aislamiento social y este al desamparo. Porque estamos hechos para estar en compañía, necesitamos el contacto de otro ser humano y necesitamos saber que tenemos fecha de caducidad, aunque duela.


