martes, 19 de junio de 2018

CUANDO LOS TONTOS MANDAN




Se hace algo raro observar cómo vaticinios, sugerencias o teorías formuladas hace 1, 2 o 3 años se cumplen en la actualidad. Si tenemos en cuenta que hablamos de política es menos raro, tanto es el tiempo que quienes ostentan el poder (o al menos ellos así lo sienten) se empeñan en campar a sus anchas sabedores de su impunidad. Es verdad que algo empieza a cambiar, la cantidad de personas juzgadas por delito de fraude, malversación, estafa, robo o corrupción es exagerada; parece que ya no hay tanta exención. Lo peculiar es que, sabiéndolo, sigan cometiendo cualquier tipo de delito y lo más extraño aún es que estas personas continúen ocupando cargos que el pueblo aprueba, pues hay quienes los votan; incluso ahora que Sánchez ha subido al poder —con malas artes según algunos— y ya ha empezado a enmendar algunos destrozos, parece que vaya a tener los días contados si nos atenemos al apoyo con el que va a contar en el Congreso —dicho por ellos mismos— y al respaldo que muchos incondicionales siguen mostrando al partido, probablemente, más corrupto de la democracia.

Esto lo puedo pensar yo —que sí— o no, eso es lo de menos. Lo que importa es que Cuando los tontos mandan está compuesto de noventa y cinco artículos escritos por Javier Marías y que vieron la luz en el País en su momento, durante los años 2015 y 2016. Dos años poniendo las cartas boca arriba, sin cortarse un pelo a la hora de dar nombres. Dos años que, a pesar de sus quejas, de sus denuncias, de su visión clara, han servido de poco

Rajoy y su Gobierno […] han despreciado a todo el mundo y no han atendido a las razones de nadie […] Han impuesto leyes injustas y recortado derechos y abusado finalmente […] Su partido ha practicado la corrupción enfermizamente. No han dado explicaciones de nada y han menospreciado al Congreso.

Se me ocurre que quienes precisamente siguen mostrando simpatía por los integrantes del ahora anterior gobierno, son personas, en su mayoría, que tienen miedo a una izquierda, sea la que sea, que continúa siendo un reflejo diabólico, o en su minoría —y esto lo espero de verdad— que no les parece mal el robo o la estafa mientras pueda hacerse sin que te pillen. Si no, no lo entiendo, como tampoco lo entiende el autor.

Marías razona además sobre el gobierno de su ciudad y da nombres y apellidos de alcaldes que han pasado por Madrid extorsionando, puede que tenga razón; sin embargo desde mi posición de mujer de provincias, ni eso me temo, ir a Madrid es un soplo de aire fresco; por eso voy cada vez que puedo. Hay espectáculos ¡todos los días! con los que pasar el rato, cine, teatro, musicales, exposiciones diversas, tanto en museos como en entidades bancarias e incluso en la calle (ya comenté en su día los maravillosos días que pasé en el Corral Cervantes una idea que me pareció acertadísima y que le dio más vida si cabe a la Cuesta de Moyano. Así que en esto no soy objetiva; claro, que no vivo en Madrid y no tengo que soportar el ruido de constantes reformas, manifestaciones, espectáculos o simplemente gente que circula en días señalados, como puede ser Navidad, por lugares donde no cabe un alfiler. Me ha costado trabajo llegar a la Plaza Mayor a primeros de diciembre; no quiero pensar cómo se tiene que poner la zona en Nochevieja. Pero desde mi ciudad, pequeña, sin tanta variedad cultural para escoger, también “sufro” las procesiones, las fiestas de Cartagineses y Romanos, las romerías, una navidad en la que es casi una hazaña aparcar el coche en el centro o el forofismo futbolístico que decide pasar horas tocando las bocinas de sus coches cada vez que cualquier equipo gana algún trofeo. Digo esto, no porque me queje —aunque puede que sí— sino porque es fruto de la sociedad en la que vivimos. Primero somos más, infinitamente más que en el siglo pasado, y casi todos queremos la ciudad antes que el campo, mucho más tranquilo, o las urbanizaciones apartadas al alcance de una minoría. Así que eso es lo que hay; y si esto ocurre en cualquier ciudad es normal que en la capital tanto las ventajas como los inconvenientes se multipliquen, aunque no está mal recordar que el estrés sufrido por todos nos está deshumanizando. Antes «Nadie se aburría si disponía de una tarde sin quehaceres, se inventaban actividades y no se requería que los ayuntamientos —convertidos hoy en fábricas de imbecilidades ruidosas— promocionaran entretenimiento en calles y plazas. La gente era imaginativa, no bovina como en nuestro tiempo».

Pero hay algo que no comparto con Javier Marías, que conste que es si no el preferido, uno de mis autores predilectos, y que he disfrutado leyendo sus artículos porque dice lo que piensa sin temer a la venganza, cualquier tipo de ella; pero no entiendo por qué tiene esa especial aversión hacia la alcaldesa Manuela Carmena, yo la veo y encuentro que está reformando la manera de ver el país, incluso con hechos criticados por poner chicos, chicas, chico-chica, chica-chica, chico-chico en los semáforos. Creo que no es un capricho banal, es otra muestra más de que la sociedad va cambiando y hay que ver determinados actos con naturalidad. Me ha gustado que regale un libro a los niños que nacen en Madrid, otra forma de acercar la cultura a las casas. Me gusta su sonrisa, su saber estar, su no insultar a nadie a pesar de los insultos recibidos desde que es alcaldesa. Me gusta que dé la bienvenida a los refugiados desde una pancarta gigante colgada del ayuntamiento, aunque probablemente, como todo ser humano se haya dejado llevar por la alegría de quienes consiguen sobrevivir a una trampa mortal, al menos es lo que yo entiendo y parece que el nuevo gobierno también «Interiormente aplaudía a los subsaharianos que lograban saltar la verja de Melilla […] ahora es la regidora de una capital europea, y que estaba animando a algo ilegal, alentando a quienes saltan la verja por las bravas a continuar y a venir […] la ex-juez ha perdido el juicio, ahora que ya no juzga, sino que ejerce un cargo público de gran responsabilidad». Pues a mí, que no soy política, me gusta su bondad y que ésta prevalezca a una ley cuanto menos humillante, me gusta que apueste por el diálogo y que tenga presente la memoria histórica y me gusta salir a las 7 de la mañana, encontrar las calles hechas un estercolero, sobre todo cerca de determinados establecimientos donde van a desayunar, o cenar, quienes han estado de farra toda la noche, y ver todo un batallón de limpieza para dejar la ciudad en condiciones. En fin, me gusta Carmena y la labor que está haciendo, claro que no he investigado a su equipo y no sé si hay rencillas o no, pero en general la imagen que da es precisamente buena, todo lo opuesto a la corrupción habida hasta ahora; incluso ha saneado las cuentas del ayuntamiento y no hay deudas según creo. Bueno, ya está bien de hablar sobre un tema que en los 95 artículos aparece en 3 o 4 ocasiones. En el resto estoy totalmente de acuerdo; es curioso cómo en el 2016 acertó de lleno en el análisis sobre Trump, aunque fallaran sus expectativas (y las de tantos otros) «el secreto de su éxito reside en comportarse como […] un fracasado resentido e insatisfecho […] amargarles la vida a los afortunados y machacársela a los “inferiores”: inmigrantes, pobres, mexicanos, musulmanes […] Esperemos que no lo consiga, (el poder) dentro de nueve días».

Si hay algo que admiro especialmente en el Marías articulista es su capacidad de, sin que apenas lo note el lector, pasar de un tema a otro para aprovechar la jugada y criticar a los dos; es lo que ocurre, por ejemplo, cuando está comentando que «España es el país peor hablado de cuantos conozco», y aquí creo que tiene razón, para denostar a un premio Nobel «El recurso es tan vetusto como Camilo José Cela (de cuyo nacimiento se cumple el centenario), quien ya en los años cincuenta del siglo XX se dedicó, para hacerse el “transgresor” y como gracia de la que carecía, a soltar groserías en toda ocasión y circunstancia, exhibicionismo puro […] No cabe duda de que fue un pionero de la zafiedad que hoy impera en España, y en eso (ya que no en su literatura) en verdad creó escuela». Sin comentarios y con aplauso para Marías.

El autor no deja títere con cabeza, dos años dan para mucho y nuestro mundo también; por eso recuerda a los nacionalistas lo ocurrido con «este malhadado Brexit: para que el resto nos demos cuenta de cuán fácilmente puede uno arruinarse la vida, no por delicadeza como en el verso de Rimbaud, sino por prolongado embrutecimiento y un ataque de frivolidad».

Por eso afirma que hay una gran mayoría, en este mundo de locos, que envejece de manera ridícula, sea por voluntad propia o porque «Sus hijas y nueras los han engañado: “¿Por qué no vas a ponértelos, si así vas más cómodo y fresco”. Apenas quedan viejos […] que continúen siendo los hombre que fueron, sólo que con más edad».

Y por lo mismo nos recuerda que no debemos confundir derecho y deber. Tenemos el deber de «no maltratarlos gratuitamente», pero «lo de los “derechos” de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época […] sus propietarios en realidad los quieren para sí…»

Y, por supuesto, maestro en el manejo de la lengua es una delicia leer, con el humor sarcástico que lo caracteriza, sus reflexiones sobre el idioma «si un político emplea la ya gastada fórmula “los ciudadanos y ciudadanas” sé que es un farsante, un demagogo y un ignorante de la gramática. Si escribe amig@s o camarad@s, lo tengo además por idiota […] Que todo lo “bueno” tenga que ser diminutivizado me hace ser pesimista respecto al nivel intelectual y al espíritu de mis compatriotas […] Pero quién soy yo para criticar nada. Aún menos para oponerme al mainstream y ejercer de hater, mejor que me mantenga en el backstage, le dé a todo el mundo un break, no me ponga en plan bulling lingüístico y acepte que, en el mejor de los casos, soy un producto muy vintage destinado a pronto desaparecer con mis anticuados targets». ¡Genial!

En fin, Javier Marías alerta sobre la obsesión que empezamos a tener con la paridad, sobre que somos un país incapaz de agradecer y admirar sin reservas, sobre las incongruencias que vivimos como no permitir imágenes de gente fumando en una pantalla pero sí las de fusiles de asalto, cuchillos, drones, maltrato, alcohol, drogas…, sobre la excesiva sensibilidad que no hace sino crear más palabras tabú para no molestar a nadie, hasta el punto de que pronto «no nos entenderemos. “te veo con tamaño distinto” me esforzaré en decirle al próximo amigo al que vea muy engordado».

Marías lo comenta todo, bien de tipo social, político, humano o sentimental. Puede que sea duro a veces con determinadas personas o actuaciones, pero normalmente éstas son malas o nocivas para la humanidad, para el enriquecimiento del ser humano como hombre racional, la prueba está en que confundimos épocas con cultura, con historia, con tradiciones y terminamos prohibiendo aquello que nos hace pensar, «ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón o Descartes y Kant, por racistas, colonialistas y blancos […]la vida inteligente queda cohibida, arrinconada. Cuando ésta se acobarda, se retira, se hace a un lado, al final queda arrasada». De ser así ¿hasta dónde seremos capaces de llegar? No quiero ni pensarlo; por ahora me queda el consuelo de evadirme leyendo a maestros como Javier Marías que me ayudan a abrir los ojos y entender algo más al hombre actual.

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