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sábado, 18 de junio de 2016

TÚ ERES LA PAZ

Tú eres la paz es una novela escrita en 1906. El título parece estar sugerido por Juan Ramón Jiménez; el argumento es, básicamente, la historia de amor de Ana María y Agustín; una historia muy al uso de los melodramas de la época en los que la mujer de una determinada clase social, abnegada y fiel, no debía en ningún momento mostrar enfado por acontecimientos contrarios a sus deseos o expectativas.

Tras una historia familiar truculenta, poblada de enfermedades y muertes, los primos Ana María y Agustín son los que sobreviven y quedan a cargo de la abuela, quien decide que por lo mucho que se quieren deben continuar en la casa y formar un matrimonio. Pero Agustín, antes de la boda, viaja por Europa para estudiar y practicar escultura. Ana lo espera durante años, y al volver ha cambiado la situación. Agustín ha tenido un hijo con Carmelina, una bailarina que los ha dejado a ambos. Ana María no culpa a su prometido, acepta lo ocurrido y se lo oculta a la abuela pues estaba a punto de morir. Una vez que fallece, los primos permanecen en la casa guardando el “luto”. Durante unos días Agustín se comprometerá con Ana y Carmelina alternativamente, hasta que se da cuenta del amor que siente hacia su prima, con quien finalmente se casa.

Indudablemente el título alude a Ana María, la típica mujer que aguarda a quien el destino, la familia o las circunstancias ponen en su camino para desposarla. Debe esperar el tiempo necesario hasta que el supuesto enamorado se digne a dejar sus correrías —necesarias en el hombre— y decida tomarla por esposa. Y evidentemente el argumento apunta a la tópica historia moralista cuya finalidad no es otra que enseñar el comportamiento a una mujer decente y cristiana. Todos los sufrimientos concederán después su recompensa —aunque hoy nos cueste adivinar cuál es—, mientras que un proceder alocado, frívolo y pecaminoso tendrá su castigo; la mujer irreflexiva no será perdonada, al contrario que el hombre, por eso Carmelina queda excluida del paraíso español.

«He aquí que me siento socialista; terreno peligroso y que me apresuro a abandonar; [...] como elemento decorativo no hay nada que se parezca a la realeza. ¡Si vieras qué triste figura hacía en París inaugurando una exposición el señor presidente, vestido de frac y rodeado de señores tan negramente ataviados como él!»

El lector se entera del argumento a través del narrador, testigo a veces,

«quédase de rodillas mirando a la señora y le habla ¿Qué le dice? ¡Quién sabe! Cosas pueriles y dolorosas; tal vez le da quejas por haberse marchado a los cielos dejándole en tanta vejez y soledad»

omnisciente la mayoría del tiempo

«¡Qué sería —piensa al oírle Ana María— si todas las almas que están despiertas dijeran a cada hora su emoción como esos relojes»

La voz narrativa desaparece para dejar paso a alguna página del Diario de don Francisco Estrada, poeta enamorado de Ana María, que ayuda a conformar la descripción de la protagonista «Está más pálida y debe haber llorado mucho. El dolor, cosa peregrina, la rejuvenece, tal vez porque las lágrimas han dulcificado la fiera acometividad de sus ojos...»

Y otro recurso, usual desde el Romanticismo son las cartas que escriben algunos personajes a otros, para que puedan seguir los acontecimientos. Así el lector se hace una idea del carácter

«Agustinito: Recibo tu carta cuando esperaba recibirte a ti; tú te lo pierdes [...] si a vuelta de correo no estás aquí tomo el tren, alma mía, y vuelvo a visitarte en tu jardín encantado»

«Te quiero más que nunca. Salud. Dime a qué hora llegas, y saldré a esperarte [...] Dicen por aquí que heredas millones. Si es así te felicito y me felicito. Hasta pasado mañana, ingrato. —Carmelina.»

En cualquier caso es una novela lenta, plagada de un sentimentalismo almibarado que en ocasiones cuesta digerir; incluso los diálogos son en su mayoría alegóricos. Nada ocurre de forma clara entre los protagonistas, no se hablan sinceramente, guardan sus sentimientos por orgullo como si decir la verdad supusiera una humillación.

Novela realista que no hace sino acrecentar la intransigencia e incultura de cierta burguesía española de principios de siglo

«—No digas —interrumpe la abuela, indignadísima— que mi jardín te recuerda nada a aquella tierra (Londres); con aquellas nieblas, aquel trajín y aquel humazo. Dicen que hay días que no amanece.»

y por supuesto, la inocencia e incultura del proletariado

«De veras asusta —dice Manuela— pensar que hay un país donde nadie le llama al pan, pan.»

El papel de la mujer honesta, relegado casi hasta la desaparición, contrasta con el de aquélla que intenta salir del rol clásico y que no puede ser otra cosa que una insensata egoísta. Así, mientras Ana Mª se adapta a los quehaceres de Agustín «Agustín ha encendido un cigarro, y Ana María sigue con interés el subir perezoso de las columnitas de humo», Carmelina busca su propio interés que va, por supuesto, dirigido a hacer daño a todo aquél que no le dé la vida disipada que quiere «sin duda el plan no es malo; entre la borrasca de sollozos Carmelina oye cómo Agustín se pone en pie, [...] cómo [...] se va aquietando; cómo le pone la mano en el hombro. Casi se le escapa un grito de triunfo.»

Sin embargo, todo sufrimiento cristiano tendrá su recompensa, y no sólo en el más allá; Ana Mª consigue, sin hacer absolutamente nada, sin luchar por el hombre que quiere, que Agustín se dé cuenta del verdadero valor de la vida y la elija por fin a ella, justo antes de partir a Madrid en busca de Carmelina quien, también en el último momento y siguiendo con su modo disoluto y cuestionable de vivir, encuentra otro hombre millonario que convenientemente se casará con ella en Nueva York.

Todos los personajes quedan conformes con su final, algo apresurado; prácticamente desaparece el narrador y nos enteramos del desenlace por el “diario de don Francisco
Estrada, poeta” y por la carta de “Ana Mª Aldana a Juanita, su amiga”. Del primero sabemos que dicho poeta, enamoradísimo de Ana Mª, acepta, con gratitud incluso, la boda de Ana Mª con Agustín y no se permite pensamiento ofensivo hacia ella, tal es la felicidad que derrocha. Por la carta conocemos cómo prepararon la boda de un día para otro, de ahí que no hubiera invitados, cómo decidieron hacerse cargo del hijo de Agustín y Carmelina, cómo comieron casi en familia y partieron por España a París y Londres; por supuesto remarcando a nuestro país como extraordinario y la capital del amor, decepcionante: la pobreza y vicio de Montmartre, el tedio del palacio de Versalles, la justificación de la guillotina de Mª Antonieta por haber dilapidado, la maravilla del Louvre porque alberga a Velázquez, Goya y el Greco...

Estoy convencida de que este pensamiento chovinista va unido no tanto a la época como al analfabetismo (papel que la mujer acató con gusto) «Por mucho que pueda saber la mujer, es preciso que guarde un rinconcito de ignorancia donde el marido pueda ser maestro; cada cosa prendida es un lazo entre quien la aprende y quien enseña; hay mucho agradecimiento y una dulce misión: el orgullo del hombre halla satisfacción cumplida en ir iluminando una ignorancia de mujer.» Creo que aquí sobran los comentarios. La pena es que la novela, escrita por la mujer del supuesto famoso escritor, está plagada de sumisión y aceptación de inferioridad, incluso de alegría «Acabo de cumplir veinticuatro, y esto, que soltera es casi vejez, casada puede parecer juventud extraordinaria; además el trato con los hombres rejuvenece a las mujeres y desde que estamos aquí, Agustín, que no es nada egoísta, me ha presentado a bastantes de sus amigos.»

Me niego a pensar que esta novela esté escrita por María de la O Lejárraga, a no ser que su marido, Gregorio Martínez Sierra, el firmante de toda la obra de su primero mujer, luego exmujer, la obligara a redactar novelas dirigidas al público femenino con el propósito de mantenerlo sin ganas de pensar, feliz y satisfecho con lo que la vida, España, le puso delante, encerrado en su casa de muñecas.


Según un estudio de Roberta Johnson, Tú eres la paz sería escrita cuando se inició el triángulo amoroso entre María, Gregorio y la actriz Catalina Bárcena. Según la propia escritora afirmó, Ana Mª representa la liberación femenina de su época. Es cierto que la protagonista es el alter ego de su autora. Es cierto que hay una similitud entre la vida de ambas, la desesperación, y el vaivén amoroso del hombre (parece ser que María Lejárraga intentó suicidarse al enterarse de la relación entre la actriz y su marido), pero encuentro una diferencia fundamental que hace que Ana María no me diga nada y María suponga un referente: El final de la protagonista es el matrimonio y un plan de felicidad mutua (¿fruto del interés de la autora para ella misma?) y el final de María fue la separación, el activismo político, la formación de la mujer, la independencia. Esta diferencia ha causado mi sorpresa; probablemente la novela fuera escrita “para dar gusto al público”, de hecho fue un best-seller en la época, como también lo fue Canción de cuna, escrita en 1911 y llevada al cine hasta en cuatro ocasiones (en Hollywood, Argentina y España). Su labor como escritora culminó con la creación de dos libretos a los que Falla puso música: El amor brujo y El sombrero de tres picos.

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