No sé si había leído Miau
o simplemente la estudié en su día, de lo que estoy segura es que no había
percibido la idea de la inmoralidad del estado, puede que ahora la situación,
pese a no ser la misma, nos haya hecho ver como normal que los gobernantes sean
imperfectos, causantes directos de los problemas que nos aquejan.
En 1888, Benito Pérez Galdós expuso a través de Ramón Villaamil la relación
entre el deseo de libertad del hombre y las restricciones sociales. Lo curioso
es que parte de la culpa de la situación en la que se encuentra el protagonista
es de su mujer; de hecho, él reniega de ella y de su hija culpándolas de haber
malgastado su dinero. Y es que, después de treinta y cuatro años trabajando
como cesante en Hacienda, no tiene dinero ahorrado. En un suspiro, a dos meses
de la jubilación, es despedido del trabajo, sin la promesa del ascenso y en
unas condiciones mendicantes pues no le corresponde paga hasta que no vuelva a
ser contratado. Pero de Ramón se ríen todos, de las mujeres de su casa y de él,
por consentir que dilapidaran el dinero en superficialidades. Cuando su puesto
se lo dan a su yerno, Víctor Cadalso, un mujeriego estafador, causante de la
muerte de su hija mayor y de la desgracia de la menor, al enamorarla, Villaamil
se vuelve loco «—Amigo Ventura —indicó Villaamil
con dolorosa consternación—, acuérdate de lo que te anuncio. Tú lo has de ver,
y si lo dudas apostemos algo… ¿A que ascienden a Víctor y a mí no me colocan?
Otra cosa sería justicia y razón y la razón y la justicia andan ahora de paseo
por las nubes».
Miau
es una novela que expone la situación de España en un
momento determinado de revueltas constantes; a través de Villaamil, Galdós
anima a otra revolución. Las Miau es como llaman, por sus rostros algo felinos,
tanto a su mujer, Pura, como a su cuñada, Modesta, como a su hija, Abelarda.
Sin embargo, en esta onomatopeya residen en forma de acróstico los temas
tratados en la novela y por los que Ramón Villaamil lucha de manera
infructuosa: Moralidad, Impuestos, Aduanas y Unificación de la deuda. Este “miau”
no conseguido es lo que lleva a Ramón a la desesperación total y a la locura
frente al sistema corrupto en el que vive, «Villaamil
era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa
necesidad le obligaba a sacar fuerzas de flaqueza y a forrar de vaqueta su
cara. Con todo, a veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: “No
puedo, Señor, no puedo. El papel de mendigo porfiado no es para mí”».
La restauración borbónica queda en
entredicho, también la honradez y la decadencia de una sociedad en la que el
entorno puede ser determinista; de hecho, Luisito, el nieto de Villaamil ve
afectada su salud física y mental al estar en un ambiente poco propicio donde
falta qué comer, donde se le hace depositario de los problemas del abuelo y
donde su formación escolar pasa a un segundo plano. En esta situación, Luisito
se aferra a un dios que se le aparece para prometerle que todo se solucionará
si estudia y se esfuerza, consiguiendo que el niño solo piense en ordenarse
sacerdote.
La familia de Villaamil podría ser una
metáfora de la sociedad española: no está bien económicamente, formada por un
granuja, alguna despreocupada, alguna frívola, un trabajador en conflicto y una
infancia desprotegida. Los flashbacks
en los que vemos tiempos mejores critican la situación actual.
Los personajes son extremos, como
esperpentos sociales; al no haber término medio la denuncia social es más
evidente: la sociedad abandona al hombre dejándolo a su suerte. Todos están
desequilibrados, solo Luisito, en su inocencia, es capaz de vislumbrar un mundo
más justo, aunque no deja de ser curioso que la paz y la justicia vengan de la
mano de la iglesia, pues también la hija, enamorada y engañada por su cuñado
Cadalso al tiempo que estaba prometida por conveniencia a un hombre con dinero,
abandona la vida que lleva para ingresar en un convento.
El tema de la honradez choca con la
lógica del español. Y el deseo de los protagonistas choca con la realidad en la
que viven: ni las Miau tendrán las riquezas que anhelan, ni Luisito tendrá un
padre como es debido ni Ramón tendrá el trabajo que merece. Los sueños se
desvanecen en una sociedad que se presenta implacable y que toma la religión
como un bálsamo para sus penas «Verás,
verás —le decía—, qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: Santos
magníficos, grandes como los que hay en las iglesias y otros chiquitos para que
tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro […] candeleros,
cristos, misales, custodias, incensarios…».
Y dentro de esa sociedad religiosa el
suicidio no estaría permitido, de ahí que el final sea abierto, poco claro, «¿Apostamos a que falla el tiro? ¡Ay!
Antipáticas Miaus, ¡como os vais a reír de mí!... Ahora, ahora… ¿A que no
sale?».
Y por eso Luisito confirma a Ramón que
sus intenciones de quitarse la vida son aprobadas por «el hacedor de la vida».
La muerte es contemplada como una
liberación. Cuando la madre de Luisito, la hija epiléptica de Villaamil, muere,
se libera tanto de su padecimiento físico como mental pues Cadalso la engañaba
constantemente. Cuando Ramón no puede soportar la miseria y humillación a las
que se ha visto abocado cree que solo podrá liberar su sufrimiento a través de
la muerte.
Es verdad que la situación no es la
misma, pero la base continúa parecida: los que quieren trabajar y estudiar más
para contribuir a una sociedad mejor, son ignorados, se cortan las subvenciones
a la enseñanza y la medicina, por ejemplo. Los que no se han esforzado sino que
están en el poder con mentiras y corruptelas, se les deja el campo libre para
que sigan medrando. Gobiernan el mundo desquiciados del poder que pretenden
anular la libertad de acción del pueblo a costa de lo que sea.
No pasa nada si tenemos un país menos
o desaparecen miles de personas. No encuentro el avance respecto del siglo XIX.
Todo lo contrario.

