miércoles, 17 de diciembre de 2025

LAS LOCURITAS DE ÚRSULA

De nuevo gracias a Babelio porque, a través de su Masa Crítica, me ha dado la oportunidad de conocer a autores nuevos. He disfrutado el libro y voy a pasarlo a alguien muy importante para mí para que lo disfrute.

Este libro es un libro para Amaya, no es que ella se parezca a Úrsula aunque comparten preocupaciones e inquietudes por hacer lo que creen que está mejor. No se dejan llevar por trivialidades, por modas superfluas ni cosméticos avanzados. Se preocupan por su bienestar interior, por hacer más fácil la vida a los que tienen a su alrededor. Úrsula, como Amaya, son mujeres que tienen un sueño laboral mientras hacen bien su trabajo; mujeres a las que les gusta pasear por la calle, por el parque cercano a su casa y se fijan en todo, sienten cada olor, cada objeto que las rodea y lo viven porque su sensibilidad está a flor de piel. Úrsula es traductora y en sus ratos libres, sueña e intenta escribir una novela «MMM… Quizá debería intentar escribir una novela histórica… Quizá… Un caso de asesinatos y trepidante intriga en el Antiguo Egipto». Es soltera.

Amaya es profesora y todo el tiempo, libre y ocupado, lo dedica a que su familia sea feliz y sueña con un futuro ideal para sus hijos. Ambas tienen amigas con las que pueden contar y son imprescindibles para ellas. Son de gustos sencillos y se emocionan con cualquier detalle que una amiga, o la propia naturaleza, tenga con ellas. Úrsula es una sufridora nata, e incapaz de decir que no a quien quiere aunque ella salga perjudicada; puede quedarse con el perro de una amiga los días en que esta esté fuera; puede aguantar a su hermano los días que él decida que se va a quedar en su casa. El hermano de Úrsula es el único personaje de Las locuritas de Úrsula con el que no empatizamos. Es un vividor, machista, creído de sus tonterías, de mente plana; es capaz de no calentarse la cabeza con problemas porque su personalidad es superficial. Y a eso se dedica. A hacerse la vida más fácil «Sinceramente, huyo tanto del tema que preferiría no estar pensando esto ni si quiera. ¡Borrar, borrar! venga, piensa en algo agradable. En dinero o algo así…».

Esta es la mayor diferencia entre Amaya y Úrsula. Amaya tiene un hermano maravilloso. Como ella.

Sergi Puyol ha realizado esta novela gráfica estupenda y ha dado en el clavo. La imagen de Úrsula ya nos dice mucho de su personalidad, pero al leerla, encontramos la intimidad de Úrsula y nos gusta. Úrsula se hace de querer con sus convicciones y sus dudas, con los consejos que ofrece a sus amigas aunque a ella, seguirlos le cuesten pesadillas. Úrsula es humana, sensible y crítica consigo misma, puede que la mayor crítica con la que se va a encontrar, «Esto es espeluznante, pero no en el sentido que esperaba».

Puyol ha escrito una novela gráfica dividida en viñetas que pueden leerse por separado o en continuidad; si lo hacemos así nos enteramos, paso a paso, del día a día de la protagonista. Si lo leemos de manera suelta, cada página va titulada con el tema que luego tratará Úrsula: echar de menos a su hermano, cuando este por fin se va, escribir una novela de terror, dejarnos ver su “mundo interior” cuando lo expresa de manera edulcorada a sus amigas para no hacerles daño…

La narrativa es muy visual aunque el texto escrito es importante y ayuda a darle movimiento a las viñetas pues los dibujos son más bien estáticos, algo que ayuda a entender el lento día a día en el que la actividad más importante es la que realiza el cerebro. Hay alguna onomatopeya: ja ja ja, bla bla bla pero no es lo que predomina. Úrsula y sus amigas son creíbles, mujeres jóvenes que habitan en un contexto social medio y poseen cierta formación e inquietud cultural.

La lectura del cómic es sencilla pues la estructura de la página es bastante regular: Dividida en tres partes, cada una de ellas se distribuye a su vez en dos o tres viñetas que se leen como la escritura, de izquierda a derecha. El estilo es realista, algo caricaturesco, que favorece la idea que tenemos de la personalidad de los personajes; eso es lo que importa realmente. El color da vida a las viñetas y cierta alegría a la vida de los protagonistas, en la que vemos cómo va evolucionando, con sus dudas constantes, hasta tener confianza en sí misma, superar sus fobias y valorarse como debe. Es una historia clara, con principio, desarrollo y final. Es un personaje creíble; sus amigas también y, aunque nos pese, también el hermano es creíble, quiere parecer fantástico pero suena impostado.

Los dibujos comunican una ambientación caótica, descuidada, reflejo de sus experiencias en las que nimias obsesiones no la dejan creer en sí misma. Los lectores conectamos desde el primer momento. Las lectoras seguro porque encontramos en su intimidad algo de nosotras mismas. Contrariamente a lo que podría parecer, al no haber calles entre las viñetas tenemos la sensación de claridad, de continuidad con el pensamiento de Úrsula, que no para. En los dibujos encontramos primeros planos, que resaltan la ironía con la que la protagonista vive la convivencia con su hermano. La ausencia de mirada en sus amigas, tapados los ojos por las gafas, da el protagonismo absoluto a Úrsula.

Encontramos planos americanos cuando el autor quiere resaltar la relación de Úrsula con el contexto; y plano de detalle para enfocar algunos vínculos como los establecidos por el móvil, donde lo que decimos no tiene el filtro de la comunicación directa «No lo conoces bien. Solo hace beber cervezas todo el día, sentado en mi butaca juzgándome».

El arco narrativo de Las locuritas de Úrsula despierta conciencias al revelar las cotidianeidades y preocupaciones de una mujer de 40 años válida e insegura hasta que es consciente de su valía.

sábado, 13 de diciembre de 2025

MINNESOTA

Hay amigos, mis amigos, que saben que me gusta la novela negra y, si hablamos de Jo Nesbø el nivel sube bastante; así que gracias Mari Carmen, Alfonso, Jesús, gracias porque he disfrutado desde la primera página. Dicho así parece un poco sádico pero es lo que ha ocurrido. Mi mente se puso en marcha para ver quién podría ser ese narrador protagonista que en 2022 se acerca por Minneapolis en busca de documentación sobre el caso de Tomas Gomez, un hombre enigmático que en 2016 protagoniza una serie de asesinatos mientras la policía, homicidios y el propio FBI van tras él. También Bob Oz, un detective policial suspendido por no poder controlar la ira, investigará, con ayuda de algún compañero, el paradero del asesino. Pero sobre todo, para dar con él deberá entender por qué lo hace. Casi toda la historia sucede en octubre de 2016, cuando un narrador en primera persona va contando los hechos desde que dispara a Dante, uno de los jefes de la mafia de Jordan, sin importarle que lo hayan visto por las cámaras de una tienda de animales a la que se dirige después, «El coche pasó, supe que me habían visto. Del mismo modo que sabía que me habían captado las cámaras de vigilancia […] y sabía una cosa más. Sabía que estaba muerto».

Después, el narrador en primera persona, Tomas Gomez, va alternando los capítulos con otro narrador en tercera, que va contando los hechos según suceden, de esta forma las causas de Gomez adquieren otro punto de vista más objetivo.

Pero no nos engañemos, Nesbø es un maestro para darle mil vueltas al asunto, de manera que lo que creíamos haber entendido es justo lo contrario, o al revés. Nada es lo que parece, puede que sí, así que lo mejor es dejarse llevar por una narración sencilla que, debido a los diálogos sugerentes, a los capítulos cortos y a la acumulación de figuras literarias consigue complicar cada situación; de pronto encontramos en un mismo párrafo antítesis sugeridas, comparaciones necrofílicas, pleonasmos evidentes, hipérboles y sinestesias. Todo a la vez. El amor y la muerte planean constantemente en la novela de manera intensa, expresiva. Hay muertes en Minnesota pero la escritura está viva y entra en el lector produciendo no solo un efecto estético sino adictivo. Queremos más, «Al entrar sonó una campanilla sobre la puerta, pero, cuando paró y la puerta se cerró a su espalda, se dio cuenta del silencio que reinaba. Era más silencioso que la ausencia de sonidos. Silencioso como una tumba, pensó, y observó los cadáveres callados de los animales».

El autor mantiene un ritmo rápido, dotado de cierta tensión que, indudablemente va en aumento y hace que los lectores no podamos dejar el libro. Porque todo lo que parecía inexplicable tiene su explicación. No hay superhéroes en Minnesota, si acaso supervillanos y personas dolidas a las que les ha sido arrebatado todo y son capaces de todo. ¿Hasta dónde llega nuestro afán de venganza? ¿Es necesario infligir un escarmiento para quedarnos en paz?

Es verdad que soy una apasionada de Jo Nesbø, pero Minnesota no da tregua. Tampoco Bob Oz, ese detective descendiente de noruegos «Piel blanca de la que nunca se broncea, solo se quema. Cabello pelirrojo denso y rebelde», que, desde que se quedó solo, cura su dolor con sexo y alcohol. En Minnesota importa la trama, por supuesto; importa el estilo, del que podemos destacar el humor negro con el que, aprovechando incluso la muerte, sabe sacar una sonrisa del lector, «Bob se volvió incrédulo al canario, que seguía igual de inmóvil y rígido en su palo. Ahora veía el altavoz microscópico que había bajo el columpio». Destacamos también el humor sarcástico, del que se vale para realizar alguna que otra crítica social: «—Se echó a reír—. Creo que fui yo quien dio marcha atrás. Creía en los ovnis y era terraplanista. Esa combinación se me hizo un pelín demasiado rara». Y por supuesto, la ironía que, en boca de los pobres, resulta desoladora «…que ni tenemos suerte suficiente para hacernos ricos ni estamos lo suficientemente mal para vivir de las ayudas. Dice que va a votar a Donald Trump»

Pero lo que más llama la atención es cómo el autor se hunde en sus personajes para sacar hasta el más mínimo rasgo de su personalidad. Conocemos a Bob Oz y empatizamos con él, llegamos a quererlo. También a Alice, a Liza y Mike. Son personas que han sufrido y anestesian su dolor como mejor saben en un espacio adverso reservado, sin duda, para la gente pobre, en su mayoría inmigrantes, desechos de una sociedad que no los protege. El problema de la inmigración es evidente y la denuncia hacia la sociedad también «El vietnamita que regentaba la licorería en la que compraba Bob explicaba que, cuando has sobrevivido a una travesía marítima en bote huyes del agua salada lo que te queda de vida».

Y si hay alguna denuncia explícita es a la tenencia de armas por personas que no tienen licencia, no están capacitadas o sí. Da igual, cualquiera puede adquirir una pistola o un fusil y, a quien lleva un arma en su poder solo puede convencérselo de que no la use, usando otra arma. A las muertes por tiroteos hay que sumar las de tráfico de drogas. Es una rueda, vender una da para comprar otra.

La novela puede que tenga menos carga emocional que las del detective Hole pero yo la he disfrutado igual. La tensión va en aumento; los personajes son creíbles de tan descabellados y el argumento no puede ser más actual. Una sociedad que establece la violencia como solución a cualquier obstáculo es algo que estamos viendo no solo en EE.UU., también nuestro país va camino de ello. Minnesota expone uno de los problemas más inmediatos sin querer educarnos, no pretende convencer a nadie, solo expone las causas y las consecuencias. Pero es muy duro comprobar el estado mental de la sociedad actual.

Las ruinas a las que ha llegado el país al que todos aspiraban a imitar se están expandiendo por el mundo. El peligro es que destroza a todo lo que lo rodea. Leer Minnesota es replantearse la moral aunque Jo Nesbø mantenga la esperanza en el ser humano (al menos en alguno).

viernes, 5 de diciembre de 2025

ORIGAMI. EL EXPERIMENTO DE METAFICCIÓN

De nuevo agradezco a Babelio la posibilidad de conocer a un nuevo escritor y a su ópera prima.

En toda obra hay un autor que crea una historia en la que se mueven los personajes. Imagino que enfrentarse a la página en blanco es más difícil para unos que para otros, sobre todo porque esta página puede ser la antítesis de lo que en realidad representa. El autor puede sentirse constreñido por los límites del papel, sentirse asfixiado en un espacio que no es sino la simulación de una realidad inmensa, a la que se le puede dar la forma que se quiera y donde se pueden introducir los personajes. En ocasiones el autor, indeciso, no sabe por cuál decidirse, y cuando lo consigue no tiene claro qué hacer con ellos; debe pensar entonces en el lector, a quién va a dirigir su obra para que los personajes se muevan en una u otra dirección. O al revés, la finalidad de la creación es que se convierta en un best-seller, por lo que los personajes funcionarán según las expectativas. Parece que con un guion de cine pasa algo parecido. El guionista tiene en cuenta distintas opciones, diferentes actores que podrían resultar efectivos y diferentes acciones que llevarían a la película a ser un éxito. Esto es lo que nos enseña Antonio San Lorenzo en Origami.

La novela pretende ser un conjunto de conflictos que mantienen los personajes entre ellos y las personas reales que los representan, sobre todo con el autor-guionista. Un conflicto es fundamental, porque permite acontecimientos que marcan cierta tensión, pero Origami está elaborada como una figura de papel, con paciencia, sin apenas sucesos y sin tensión. La novela está caracterizada por la lentitud, los personajes dan vueltas en un espacio blanco en el que no hay tiempo ni espacio conocidos; es como el principio de toda creación. Los personajes apenas luchan en los escasos obstáculos con los que se encuentran. Creo que es porque, en realidad, no está escrito el guion; solo quieren representar 4 papeles que la crítica literaria del siglo XX expuso como fundamentales para los cuentos: protagonista-antagonista-héroe-villano. El interés del lector decae algo al no conectar con esos personajes, en realidad aún no son nadie definido, y al no saber a qué guion atenerse.

El lector no sabe con certeza de qué hablan, por lo que no hay misterio «Quizá, como Fidel, también necesite un periodo de adaptación o, quién sabe, quizá le vendría bien que forzásemos ligeramente la situación. De todas formas, ya veremos qué ocurre cuando las tornas comiencen a cambiar —sugiere misterioso». Pero para que el misterio funcione debe haber un planteamiento claro, mantener la información con pistas —reales o falsas— e ir revelando poco a poco la información.

En Origami podemos asumir el inicio como una serie de personas que no saben dónde están ni por qué. Enseguida conocemos que son personajes y, como aquellos de Pirandello que, en 1921, fueron en su busca para quejarse, estos se dirigen a Armando, el guionista, para que les diga cuál será su papel en la película. Gloria, Fidel y Marco tienen miedo a quedarse en un cajón y no dar el salto a la gran pantalla. Los personajes de San Lorenzo quieren un destino favorable, según sus intereses, pero Armando tiene otros, aunque no cuenta con que ellos pueden actuar de forma autónoma.

Es la magia de la ficción, cuando estos entes imaginarios se van despojando de la dictadura del autor para moverse libres, estableciendo un conflicto en la situación. Sabemos que no quieren someterse a nadie, pero no conocemos realmente la situación, no conocemos el argumento que quieren vivir, si acaso una escena. Origami, el experimento de metaficción, es algo parecido a la técnica del origami, cuyo objetivo es encontrar serenidad en cada pliegue, en cada giro del papel hasta que nos autoconocemos en profundidad; el origami literario podría tener un giro argumental en cada pliegue, en cada rol que van a representar. Es lo que he echado en falta en esta novela, el construir y reconstruir secuencias hasta llegar a una historia elaborada. Pero no hay escenario, después de dar muchas vueltas, siguen en el espacio en blanco; no he podido entrar en él y ponerme en su lugar, no se me han hecho creíbles, ni los reales a que hacían referencia ni los ficticios, porque son figuras marcadas por un determinismo inicial impuesto por el creador. Siempre hay alguno que confía en que puedan llegar a más, a moverse por sí mismos, «No somos un producto de la imaginación, sino la imaginación en sí misma tratando de abrirse camino». Esto, en teoría, es fabuloso, pero al momento siguiente reconocen que «la historia sigue sin avanzar», una historia de la que no sabemos la trama. Las dudas que tienen los personajes se refieren a si deben, o pueden, actuar como personas autónomas o como personajes, pero no sabemos qué quieren hacer. Ven incluso, en algún momento, ventajas de ser imaginarios «Fuera la vida no concede segundas oportunidades ni permite retroceder para deshacer errores», (algo muy discutible, por cierto).

Incluso Gloria, la famosa actriz, decide olvidar a su prometido real y tener una aventura con alguno de sus compañeros de reparto, llegando a amenazar al elegido cuando este no acepta y, la razón que le da es que en la vida real él no habría tenido esa oportunidad. ¿Por qué? ¿Porque ella es guapa y famosa y él debilucho? ¿En la realidad solo los guapos se atraen entre ellos? En fin, son conclusiones algo tópicas, o mucho, o reflejan una sociedad superficial, y es una pena, «Cualquier otra estrella o aspirante podría encarnar su papel y todo tu esfuerzo sería aprovechado por una Gloria más joven y ambiciosa». ¿Nos dejamos manejar sexualmente por dinero? Espero que no.

Sí es cierto que al final los personajes se dan cuenta de que no son plenamente libres, se sienten intimidados por el guionista o por el productor o por el director o por el público.

Esta es la verdad, al final hay lectores, espectadores, que juzgan a unos personajes y se sienten o no atraídos por ellos. De ahí que no todo el cine sea para todos los públicos. Y, para esta lectora, la novela estaría perfecta con algún pliegue menos en su estructura, algo menos de teoría y algo más de acción… Pero es solo una opinión.