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jueves, 13 de noviembre de 2014

ASÍ EMPIEZA LO MALO

Podríamos empezar esta crítica literaria afirmando que el mito de Hamlet sigue vivo, de hecho el título del libro nos lleva a la obra teatral y la duda envuelve las 534 páginas; el propio narrador, protagonista omnisciente, duda a veces en sus afirmaciones, otro protagonista duda a la hora de tomar decisiones importantes, y la protagonista duda entre ser o no ser.

Pero no voy a centrarme en esta apreciación, porque lo que de verdad he sentido al leer Así empieza lo malo es que el mito de Shakespeare sigue vivo en Javier Marías. El estilo de nuestro escritor, ya reflexivo de por sí, se repliega en su novela para hacer aflorar, entre historias paralelas, conceptos universales; así el lector, desde las primeras páginas comienza a darse cuenta del valor que los cónyuges de matrimonios largos se otorgan entre sí: el mismo que la vista del salón, algo con lo que se convive de forma excesivamente natural; comienza a percibir cómo tendemos a hablar sin escuchar en las conversaciones; cómo la doble moral católica continúa impávida desde siglos «todos sabemos que Dios es interpretable y que a todos nos entiende si nos explicamos como es debido y le venimos con buenas razones».

Así empieza lo malo comienza cuando Eduardo Muriel, un productor cinematográfico, le encarga a su ayudante, el joven de Vere, que investigue al doctor Van Vechten, pues le han llegado comentarios muy graves sobre su comportamiento en la España franquista.

Este inicio triangular dará como resultado el argumento de la novela, compuesto a su vez por tres historias paralelas que, sin darnos cuenta, en algún momento torcerán el rumbo hasta juntarse formando una unidad perfecta, el círculo que se cierra y que da sentido a todo lo que se produce dentro de él (el paso del tiempo, el eterno retorno).

Así pues, nos encontramos con la historia novelada de un matrimonio de postguerra, Eduardo y Beatriz, con problemas en una relación desconcertante, donde observamos malos tratos psicológicos, palabras hirientes que van minando el orgullo y que se conectan a alguien generoso, bienintencionado y leal. Sin embargo puede que éste sea el detonante –o no– para que en esta novela aparezcan más escenas eróticas y sexuales de lo que es habitual en Marías.

Asimismo, el doctor Van Vechten nos acerca a la historia real de la España franquista en la que muchos medraron a costa de la humillación, la miseria, o la muerte de otros. Probablemente un tema que Javier Marías no está dispuesto a olvidar, como pretende la sociedad de hoy, tan permisiva con lo que puede acarrear disquisiciones morales.

Y por último, la historia del narrador, Juan de Vere, contada desde su presente en el que intenta recordar el periodo que pasó con Muriel y Beatriz y que, sorpresivamente el paso del tiempo lo erigió como base de su propia vida (por no hacer mudanza en su costumbre).
La luna, metáfora del destino, preside todas las situaciones como indiferente vigía, centinela nocturna, soñoliento ojo obligado que contempla, centinela y fría, el morir en su palidez sin que su ojo entreabierto parpadee; este destino apunta rutinario y riguroso, como la incipiente luna sabedora de su ojo aburrido e impávido, aburrida ella misma de su existencia.

No sé hasta dónde, pero intuyo mucho del autor en esta novela. Por un lado, de la mano de Eduardo Muriel, hay un homenaje al séptimo arte, del que Marías forma parte y es entusiasta. Alusiones constantes en las páginas al cine, y curiosidades sobre películas, productores, directores y actores reales; incluso alguno de ellos como Herbert Lom, pasa a personaje de la novela.

Este mundo de artistas sirve para introducirnos, de forma paulatina, en curiosidades sobre pintura, música y, sobre todo, literatura; teorías francamente interesantes que no hacen sino confirmar los conocimientos casi enciclopédicos del autor, como la existencia, o no, de William Shakespeare.
El pasado angustioso que la familia Marías debió sufrir como perdedora de la guerra civil aparece en el personaje frío, despiadado, retorcido, sádico y calculador Jorge Van Vechten, del que Marías se vale para hacer una crítica feroz a las barbaridades que se cometieron en nombre de la Nueva España.

Y el joven Juan de Vere es, a veces, reflejo del propio Javier Marías: el amor por el Siglo de Oro, sobre todo inglés, lo lleva a citar, para el paso del tiempo, hasta tres veces la metáfora shakesperiana «desde el oriente al encorvado oeste». Otras alusiones al escritor universal asoman de vez en cuando, como las tres brujas de Macbeth, o los datos sobre coetáneos como Marlow; de hecho, en la novela aparece la posibilidad de que Edward de Vere, fuera el propio dramaturgo William Shakespeare. Pero no sólo se percibe su pasión literaria, también las sinestesias político-religiosas acercan la expresión del joven de Vere a Marías: «El lugar olía a extrema derecha»; normalmente el narrador hace gala de una educación exquisita, con vocablos correctísimos que contrastan con pensamientos vulgares (la mente que va por su cuenta y no se doblega), y alguna declaración zafia que, de inmediato arregla con otra culta, como si lamentara más que el mal pensamiento, la mala expresión. Y creo distinguir alguna fijación que le he leído en artículos, como el olvido de la mujer a caminar con gracia.

Así empieza lo malo hace gala del estilo peculiar, único de Javier Marías, lleno de digresiones y aclaraciones constantes que dificultan el seguimiento del hilo narrativo, aunque permiten introducirnos en la mente de los personajes hasta llegar a conocerlos a la perfección, hasta comprender que las reflexiones profundas de estos protagonistas los convierten en universales, que a su vez trasladan al lector común una serie de dudas atemporales. Así, el narrador, en medio de la trama, como si se tratara de una letanía, con preguntas anafóricas hace un recuento de la novela, y nosotros, tras tomar aire, intentamos responder a ¿A quién o a qué va dirigido este dardo certero? ¿A establecer las bases del conformismo? ¿A exponer la condición del ser humano? ¿Un ser humano que se empeña en conseguir lo que es susceptible de pérdida? ¿En continuar con lo que le hace daño? ¿Un ser humano que apela al perdón? ¿Y la justicia? Y todo eso salpicado de términos cultos, barbarismos y cultismos de los que puede explicar el significado u obligarnos a utilizar el diccionario. Expresiones populares aliñadas de comentarios ingeniosos. Expresiones usuales, de las que cambia una parte para acomodarlas a la situación «homenaje a Poe mediante» y que aportan altas dosis de humor.

Expresiones coloquiales, incluso infantiles, enmarcadas en un estilo indirecto libre, que aportan gran realismo al escrito. Otras veces, en el monólogo interior, estos coloquialismos contrastan con las metáforas embellecedoras, o con acertados epítetos épicos con los que designa a otro personaje. Las alusiones al lector para despertar su atención o implicarlo en lo escrito, acercan esta novela a la decimonónica o al Siglo de Oro, empleando así mismo guiños constantes a personas reales que forman parte del corpus novelístico y dan a veces la impresión de estar ante un ensayo, por la verosimilitud-verdad-conseguidas. Personas admiradas por Javier Marías se dan cita en esta novela, como su tío, el cineasta Jesús Franco, tratado con delicioso humor; el profesor universitario y académico Francisco Rico, cuya caricatura bienintencionada envuelta de cariño aparece aquí con más protagonismo que en otras de sus novelas: erudito, algo pedante, extrovertido en demasía, de expresión hipnotizadora, algo despistado… características que contribuyen a que sus apariciones rebajen la tensión, por el humor aportado, de la gravedad del tema. Un  humor lleno de ironía del que se vale para arremeter a veces contra la iglesia, los ayuntamientos españoles o las autoridades estadounidenses.

Desde la primera página mi pensamiento empezó a funcionar, llevándome desde el presente a mi pasado más remoto y desde éste a un posible futuro que se desvanece de nuevo en el hoy. Me he visto reflejada en alguna situación, mi mente se ha identificado con la del protagonista, pero lo que consiguió agobiarme es que he ido desde el pasado de mi subconsciente al futuro de la novela. Fue una experiencia total leer un pasaje y recordar nítidamente un sueño de dos días antes. Otras veces un pensamiento del protagonista dentro de otro y dentro, a su vez, de un monólogo interior, ejemplifica lo que advierte el narrador «Son las mentes, engañadas, las que jamás se rinden, las que se sienten iguales que siempre y no ven motivos de cambio».

«Mala cosa es el agradecimiento sobrevenido. Nos hace olvidar las afrentas de golpe. Pasamos por alto las faltas. Mala cosa sentirse en deuda con quien nos hizo daño. A eso recurren los ofensores consciente y aun calculadoramente».


Y yo me pregunto, ¿Para cuándo el Premio Nobel?

6 comentarios:

  1. Espectacular análisis. Desde luego este libro ha pasado a una posición principal en mi lista de "pendientes". Pues qué bien escribe este Javier Marías, y qué suerte ha tenido de encontrar a (otra) Beatriz que le defienda su última novela como lo acabas de hacer tú.
    Con la semejanza que has establecido entre Marías y Shakespeare, lo menos que podría esperar de este libro es que el autor se queje de la pérdida de la feminidad y el correcto andar. ¿Qué pasó con las buenas costumbres?
    Muchas gracias por la, como siempre, estupenda recomendación.

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    1. Bueno, bueno... seguro que hay cientos de estudios sobre Javier Marías y, en particular, sobre su última novela. Y, aunque dudo que le llegue el más mínimo comentario mío, disfruto cada vez que leo algo suyo, incluso con sus artículos periodísticos, que los recomiendo encarecidamente. De hecho, creo recordar que fue en uno de esos artículos, hace algunos años, que se lamentaba de la pérdida de buenas maneras, en general, de la sociedad, no sólo de la gracia de la mujer al andar sino también del no saber estar en los sitios, de la pérdida de caballerosidad en el hombre... En esta novela vuelve a expresar lo de la falda de la mujer, viene a cuento con el argumento, (también algo que no sabía y que me ha sorprendido es que al subir a un taxi es el hombre quien debe hacerlo antes, sobre todo si la mujer lleva falda corta). Son costumbres sociales, modales que se han perdido pero que desde el punto de vista del narrador, por la época que recuerda, vienen totalmente a colación. En fin, la queja es del narrador y a mí me ha recordado al autor.
      Gracias por tus comentarios. ¡Seguimos leyendo!

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  2. Muchas gracias por esta nueva recomendación. Leeré el nuevo libro de Marías muy pronto, tus comentarios tienen la virtud de, no sólo invitar sino, ilusionar con la lectura.
    Por supuesto me uno a tu campaña: el Nobel para Javier Marías ¡ya!. Y por si no lo conoces, te dejo el enlace a un artículo publicado en El País, con el que seguro te sentirás identificada. Gracias de nuevo y hasta pronto.

    http://elpais.com/elpais/2014/11/07/eps/1415390422_409725.html

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    1. Acabo de leer el artículo de Javier Marías que recomiendas y tengo que decir que, una vez más, ha dado en el clavo.
      No tenía ni idea y, sin embargo, no me extrañaba lo que iba leyendo. Está claro que al gobierno le importa muy poco la cultura, le importan poquísimo las tradiciones (según cuáles), y menos aún los trabajadores y sus condiciones de vida. Parece como si hubiera una consigna mediante la cual todo aquél que pueda medre cuanto pueda. No entiendo mucho de estas cosas, sólo el sentido común me hace pensar que el gobierno no está dedicándose a la política (polis "ciudad") sino al propio individuo, al primero yo y luego también. Y así estamos llegando a un punto en el que la situación de tantas personas es tan lamentable que su única preocupación es cómo salgo adelante. En este ambiente, preocuparse de la cultura, de la RAE, de los colegios, de los institutos, de las universidades... es secundario. Y de eso se aprovecha el gobierno, de que el ciudadano medio, cada vez va teniendo necesidades más básicas, necesidades que tenían que estar cubiertas para poder disfrutar de la calidad de los organismos que, con tanto orgullo, nos han representado.
      En fin, me uno a la petición de Marías, el gobierno debe dar más subvenciones para todo lo referente a la cultura, porque es nuestra y no debemos dejar que la hagan desaparecer.
      Gracias, Antonio, por tus valiosas aportaciones.
      Seguimos leyendo! (Y pensando)

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    2. Después de leer “Así empieza lo malo”, no me queda más remedio que agradecer de nuevo tu recomendación y tu análisis, pues este libro merece ser leído. Nada que añadir a tu brillante comentario, el libro nos obliga a pensar y reflexionar además de estar aderezado con la maravillosa escritura de Marías (¡el Nobel ya!).
      Como curiosidad una frase que me recordó al fabuloso crítico cinematográfico (y seguidor de este blog) Alberto, que estoy seguro que no sólo la haría suya sino que la habrá puesto en práctica: “…se prestó a ver conmigo todas las películas posibles, las obras maestras y las porquerías a las que la arrastraba a menudo: hay que verlo todo para aprender de veras, ya sabes, lo antiguo y lo nuevo, lo bueno y lo malo y lo estrafalario.”
      Por favor, continúa recomendando para que los demás sigamos leyendo. Hasta pronto.

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    3. Sigo leyendo, y no sólo lo que creo que me va a gustar sino también lo que directa o indirectamente me recomiendan. Gracias, pues, a todos los que me han regalado un libro o me han aconsejado que recapacite sobre algo escrito.
      ¡Seguimos pensando!

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