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jueves, 18 de febrero de 2016

LA PASIÓN DE SER MUJER

Empecé a leer este libro con una ilusión tremenda; de hecho lo compré entusiasmada porque desde pequeña me ha gustado leer sobre los famosos. Considero que la vida de unas persona influye sobremanera en su obra, así que, una vez conozco a un autor me agrada profundizar en sus orígenes, en su manera de vivir para relacionarlo con su labor artística. He de reconocer que no siempre encuentro causalidades –no todos tienen una obra tan “autobiográfica” como Kafka o Poe–, y que en numerosas ocasiones he pensado que mejor no saber la vida de determinados genios, según el nivel de egoísmo y dureza mostrados para con el resto de los mortales. A veces incluso considero que la humanidad debería haber hecho el vacío a determinados famosos, pero así somos; nos mostramos inclementes con algunos, dejándolos morir en la miseria para encumbrarlos post mortem, mientras que somos permisivos con otros hasta convertirlos en inhumanos en vida.

Todo este preámbulo para llegar a la conclusión de que La pasión de ser mujer me ha defraudado. Ya había leído otros libros de biografías, recomiendo encarecidamente Vidas escritas de Javier Marías (1992) y, por supuesto Historias de mujeres de Rosa Montero (1995), pero éste tenía algo novedoso; para cada protagonista, de un total de doce, hay dos partes diferenciadas; en la primera, Eugenia Tusquets intenta novelar un episodio de la vida de la mujer referida y en la segunda, Susana Frouchtmann delimita el contexto real de ese episodio. Sin embargo, esta idea más que original se ha convertido con el paso de las páginas en rutinaria.

Las doce mujeres que componen La pasión de ser mujer son (fueron) excepcionales en su trabajo. Todas debieron enfrentarse a diferentes adversidades para salir adelante, por lo que todas son admirables en cuanto que destacaron por su valía en un mundo gobernado por hombres y que, según la época, ha sido especialmente cruel con la mujer. Por todo ello debemos valorar lo interesante de esas mujeres, el esfuerzo por la superación, por la reivindicación de derechos, a veces incluso desde el silencio, desde lo más hondo del ser; un esfuerzo para ellas mismas ya que no buscan fama, ni ovaciones, ni privilegios, sólo quieren ser consecuentes con aquello que les dicta su moral, que no siempre va a coincidir con la establecida socialmente. De hecho, en ocasiones han pagado un precio muy alto por el triunfo, el rechazo de determinados círculos comunitarios.

Es gratificante saber que Hedy Lamarr, una de las mujeres más bellas de todos los tiempos, antepuso su inteligencia a su físico y consiguió no sólo ser un mito erótico del cine sino aportar una serie de inventos científicos, entre ellos el espectro expandido, gracias al cual la telecomunicación y la tecnología digital experimentaron avances importantes.

Es muy satisfactorio conocer a mujeres que, como Madame de Staël se enfrentaron en el siglo XVIII a los más poderosos. Ni siquiera Napoleón, al exiliarla, consiguió hacerla cambiar de ideas feministas. Es cierto que Germaine de Staël pertenecía a la aristocracia, así que el dinero, e incluso el poder, no le faltaron y pudo crear uno de los centros literarios más importantes en Paris al tiempo que se dedicaba a la política.

María Callas constituye todo un ejemplo de superación al modelar su voz y su cuerpo hasta llegar a diva del bel canto, y todo se fue desmoronando cuando fue rechazada por Onássis, quien la sustituyó por Jackeline Kennedy.

También Pardo Bazán hubo de enfrentarse a la sociedad de principios del XX que no entendía cómo una aristócrata aprobaba ideas provocadoras del Naturalismo francés; tampoco le perdonó que defendiera la educación de la mujer, de ahí que fuera tratada incluso con desprecio por algunos de sus coetáneos.

Las novelas de Virginia Wolf adquieren más valor, si cabe, al enterarnos de su infancia en la que fue violada por sus hermanastros y después condenada a tratar con ellos hasta el final. Eran otros tiempos nada fáciles para la mujer, por lo que en estos casos no extraña que terminaran quitándose la vida.

Deslumbran mujeres que, como Raquel Meller, supieron salir de un pasado humilde y difícil para convertirse en iconos mundiales. No nos sorprende por lo tanto, incluso resulta curioso, saber que viajaba siempre exigiendo numerosas excentricidades, como si quisiera resarcirse de todo aquello que la vida le negó durante un tiempo.

Y es interesante descubrir a determinadas escritoras que, como Anaïs Nin, a pesar de llevar vidas tortuosas en las que la polémica, la inestabilidad, el inconformismo y la falta de sentimientos están presentes día a día, son capaces de escribir obras en las que reivindican una libertad absoluta para la mujer.

Me atrae especialmente el hecho de que entre estas mujeres apasionantes predominen las dedicadas a la literatura; puede ser porque el escribir haya constituido uno de los oficios más empleados por el sexo femenino.

Está claro que el lenguaje es un arma poderosa a través del cual se desvela el rechazo o la aprobación del autor ante determinados sucesos; esto provoca en el lector diferentes pulsiones que consiguen hacerlo vibrar tanto si es para ponerse a favor como en contra de lo escrito. Esto no me ha ocurrido durante la lectura de La pasión de ser mujer; yo no he sentido ese apasionamiento que deberían haber puesto las autoras al escribir el libro. Me ha dado la impresión de estar ante una obra plana, sin sobresaltos; de hecho, si se conoce la obra de la autora relatada la lectura deviene en cansada. Falta la chispa que todo libro debe tener para enganchar al lector. Apenas hay diferencia de estilo entre la parte novelada y la biográfica –a no ser por la persona narrativa–, por lo que, en ocasiones no tiene sentido la separación ya que la biográfica puede convertirse en una repetición –más exacta, eso sí– de la novela.

En la parte novelada, la tercera persona del narrador omnisciente no resulta creíble «Y no es este su caso, no puede decirse que a Mercè le esté pasando lo mismo. En absoluto. Ella nunca se ha sometido a nada ni a nadie» es todo demasiado académico, como sacado directamente de la biografía «Otro de sus bloqueos creativos; suele ocurrirle si escribe sin parar durante horas. Necesita airearse. Decide salir a la calle […] Ella está enfrascada en la plaza del Diamant, en la Gracia depauperada durante las postrimerías de la guerra civil…». Los diálogos son tan trascendentales que no resultan creíbles. A veces tenemos la sensación de estar ante la misma voz, ya sea la del narrador o la de la protagonista; incluso en la técnica del monólogo interior, más que una conciencia parece una exposición «…Su prematuro matrimonio, cuando era casi una niña, con el tío recién llegado de América, enérgico y atractivo, pero con quien rompió, por lo menos internamente, al cabo de pocos meses, ya embarazada de su único hijo» (Eugenia Tusquets) «…en octubre de 1928 se casaba con su sobrina Mercè, previa dispensa papal. Ella tenía veinte años, él catorce más. […] Nueve meses más tarde nació Jordi, su único hijo. Para entonces Mercè ya era una casada defraudada e insatisfecha. Joan no se parecía al hombre que había idealizado. (Susana Frouchtmann)»

Y no sólo he encontrado descuidos en el estilo, también la ortografía y las fechas  han sufrido algún que otro desliz: «el enlace (de Pardo Bazán) tuvo lugar con el máximo boato el 10 de julio de 1968», «…edad que entonces se consideraba sino vieja sí muy adulta», «Jamás entregué mi corazón tan enteramente que no pudiera recuperarlo cuando lo consideraba absolutamente necesario».

Asimismo creo que hay alguna que otra afirmación desafortunada por parte de nuestras autoras «No deja de ser gracioso que el escritor Juan Valera informara a doña Emilia de que la causa de la negativa era la antigüedad de los sillones de la institución, en cuyos asientos ella no cabría. Encantadora forma de ningunearla y además llamarla gorda» Si «gracioso» y «encantadora» tienen intención irónica, no ha quedado claro en el texto.


En cuanto a la pregunta final que, con motivo de Santa Teresa de Jesús, se hace Susana Frouchtmann, me atrevo a contestar que ¡por supuesto! Dentro de cinco siglos sobrevivirán las reliquias –esperemos que trocitos de cuerpo, no–, el recuerdo, la leyenda de Lennon, Michael Jackson, Elvis Presley o Jimi Hendrix entre otros, como perduran desde hace tres los de Mozart o cualquiera que constituya un mito, porque el ser humano se sentirá identificado con ellos o intentará imitarlos y, porque han dejado algo muy valioso en el campo –en este caso– de la música. Asimismo, y sin quitarle mérito a la labor religiosa y literaria de Teresa de Cepeda, hemos de tener en cuenta que la Iglesia está por medio y hará todo lo posible por mantener con vida eternamente a Teresa y a todos los demás santos. No la infravaloremos, por algo está en la cumbre del poder desde hace miles de años.

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