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miércoles, 14 de octubre de 2020

FALSTAFF


Debe ser fabuloso llegar casi a nonagenario con la mente tan lúcida como la de Harold Bloom, y más aún que este miembro de la Academia estadounidense de Artes y Letras dedicase sus últimos años a seguir investigando sobre una de sus pasiones, Shakespeare. Debe ser fabuloso disfrutar de la vida hasta el final; si tenemos en cuenta el subtítulo de este libro Lo mío es la vida, encontraremos el sentido a las comparaciones que el propio Bloom se hace con Falstaff, uno de los personajes con más personalidad que el bardo de Avon extrajo de su pluma.

Después de leer Falstaff queda claro que Harold Bloom, como excelente crítico, reclamó los valores que corresponden a la ficción literaria, entre ellos, aportar beneficios al ser humano pues, según qué personajes u obras pueden iluminar inseguridades al ofrecernos otra idea de la vida. La imaginación queda como la principal cualidad del hombre en general y del artista en particular, pues gracias a ella, los lectores en este caso, podemos reflexionar sobre el mundo real que nos rodea; y en esta reflexión llegamos a descubrir el alma de los autores. Ya en el primer capítulo de Falstaff encontraremos el concepto que este personaje, o Shakespeare, tenía del honor «¿Quién lo tiene? El que murió el otro día. ¿Lo siente? No […] ¿no vive con los vivos No ¿Por qué? Porque no lo permite la calumnia […] El honor es un blasón funerario, y aquí se acabó mi catecismo». Idea similar a la de Pedro Crespo, nuestro Alcalde de Zalamea cuando sentencia «El honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios». Similar, aunque está claro que el inglés se burla de la fe, no admite deber la muerte a Dios. Falstaff es la imagen de la vida. En el capítulo 5, ¿De quién es Falstaff?, Bloom reclama para Shakespeare el invento del sketch satírico al recordarnos la escena entre Falstaff con el príncipe Hal mientras ensayan la entrevista que éste tendrá con su padre, Enrique IV, en la que mientras Hal descubre su aspecto malvado, Falstaff la toma como una diversión y se permite (como Enrique IV) recomendar a «uno de espléndida mirada y mucho cuerpo […] con él quédate y destierra a los demás». Bloom advierte de que este entretenimiento es, ante todo, emotivo pues encierra el deseo (vano) de Falstaff de convertirse en un padre para Enrique IV. Para nuestro crítico, ese ingenio de Shakespeare lo eleva a genio, capaz de conseguir que el mundo gire en torno a este personaje y se desdibuje ante él hasta parecer ficticio. Un genio con alma privilegiada, de gran inteligencia emocional y dotado de una imaginación superior.

Bloom, dedicado a reflexionar sobre la fantasía literaria, consiguió acercarnos a personajes que, como Falstaff, no tuvieron en principio un protagonismo principal, pero todo palidecía a su alrededor. El propio caballero inglés advierte al príncipe que si lo hiciera desaparecer solo quedaría en el mundo «política y violencia», aunque la envidia y la venganza de Hal no lo tienen en cuenta, «Pues lo hago; lo haré».

Harold Bloom fue otro genio, por eso reconforta leer sus conclusiones, aprender de unas interpretaciones que llegan a constituir otra obra de arte, otro reflejo mejor acabado de la realidad. No nos extraña el diagnóstico que nuestro crítico, también de alma privilegiada, hace del personaje al compararse con él, «yo lo valoro más, ya que no es fácil ser viejo y alegre».

No había leído Enrique IV, así que me he puesto al día cuando empecé a ver el estudio que Bloom lleva a cabo en Falstaff. Al principio este personaje nos recuerda al Miles gloriosus, un fanfarrón que solo dispone de ingenio para sacar del apuro a sus amigos, aunque estos se burlen de él, sin embargo, en la escena del reclutamiento, vemos que Falstaff no es cobarde aunque «se ríe de la teoría y práctica militares con el entusiasmo y la fruición que esperamos de la personalidad más pletórica de vida de todo Shakespeare». Por eso, sir John no mira la fuerza o apariencia de los soldados sino «el espíritu», es capaz de llevar por bandera la alegría y la amistad y, en su jocosidad, esconder como casi todos los divertidos una gran sensibilidad. Por eso a Bloom no le extraña que muera al verse traicionado por su antiguo amigo, el príncipe Hal. El crítico estadounidense se da cuenta de que con Falstaff, Shakespeare exploró la conciencia del ser humano: enérgico aunque perezoso, inteligente, por lo que cínico, íntimo y abandonado, tramposo aunque sensible. En esta moral del hombre se halla «La espinosa relación entre Hal y Falstaff» y representa «el centro de las dos partes de Enrique IV».

La ética de sir John es la de un hombre cualquiera que aspira a conquistar el afecto; ahí reside su riqueza, no quiere más, y si no lo consigue no le interesa seguir en el mundo.

En Falstaff encontramos afirmaciones decisivas, seguras, fruto de la experiencia como conocedor de Shakespeare. La investigación aflora constantemente en las páginas; aparecen argumentadas, en relación con la obra de 1597, citas bíblicas y pasajes como la parábola de Lázaro «si puede haber una resurrección secular, sería la de Falstaff levantándose de entre los muertos», obras cinematográficas como Campanadas a medianoche (1965) de Orson Welles, piezas musicales como la ópera de Verdi de 1893, o novelas «En Cumbres borrascosas, Catherine Earnshaw es la fragua turbulenta atrapada entre los mundos antitéticos de Heathcliff y Edgar Linton». Estas afirmaciones de Bloom van cubiertas por una sensibilidad tal que condiciona la forma en la que conoce a Falstaff y nos lo transmite como verdad universal.

Los juicios de Bloom se hacen necesarios para todos los que nos sentimos atraídos por Shakespeare, imprescindibles para interpretar correctamente las causas de la crítica subyacente en la obra teatral «La rimbombancia de Pistola se vuelve teatral cuando Shakespeare satiriza a los dramaturgos George Peele, Thomas Kyd y más llamativamente, a Christopher Marlowe». Los pareceres de Bloom se convierten en verdades razonadas que aportan el conocimiento necesario para relacionar las ideas que connotan algunos términos. Su crítica pasa a ser una matemática exacta, una objetividad que no plantea dudas porque él mismo es quien propone la discusión.

Falstaff supone, por lo tanto, un tratado sobre el mito de Shakespeare; un ser humano real que no se para en moralidades ni en posturas personales que lo desvíen de su ánimo sublime hacia el hecho literario «desconocemos la causa de su muerte. En Medida por medida, Troilo y Crésida y Timón de Atenas, así como en sus últimos sonetos, hay una creciente preocupación por la enfermedad venérea. En el tratamiento contra la sífilis entraba una amplia dosis de mercurio. ¿Fue eso lo que aceleró el fallecimiento de Shakespeare?». Shakespeare no tuvo interés en dosificar miserias ni en inducir en mayor o menor grado a la violencia en su obra.

Asimismo, Falstaff es un hombre que vuelca en la ficción delirios de grandeza, dudas, complejos, vergüenzas, hasta que se apropia de todas ellas, hasta que vemos en él al propio autor y somos incapaces de distinguir lo real de lo ficticio, «¡Loco mundo, locos reyes, loca alianza!». La confusión entre sueño-realidad es usual en las grandes tragedias y sin embargo extraña en los dramas históricos. Al leer Enrique IV surge la gran pregunta ¿Acaso la realidad no existe? Todos los personajes están basados en personas reales y, sin embargo, imbuidos de la frescura de la literatura en general y de la influencia del autor en particular, por lo que Bloom encuentra rasgos del brío y del verbo de Falstaff «en el bastardo Falconbrige», de El rey Juan.

Leer este tratado supone un privilegio pues uno de los hombres más cultos del mundo combina la crítica especializada con un estilo asequible, dirigido a todos, que acopla con total acierto lo sublime y lo humanizador que encontramos en la obra de arte.

Al leer Enrique IV podemos asegurar que hemos vibrado mientras aprendíamos algo de la historia de Inglaterra, aunque lógicamente con algunos cambios efectivos.

Después de leer Falstaff, queda en nosotros el beneficio de la duda que nos ofrece la literatura, pues no hay una lectura política, y la certeza de que queremos la vitalidad del personaje, el empuje de Harold Bloom y la concepción de la ficción de Shakespeare pues, no sólo el contenido de sus obras, sino su maestría en el lenguaje nos atraen. Bloom nos muestra cómo seducen los juegos homófonos «—ahí están tus señales —¿por qué, hijo mío, tantos te señalan?», las cosificaciones «¡Tú cállate, jarra! ¡Cállate, aguardiente!», las comparaciones sarcásticas «Estáis tan gordo, sir Juan, que a la fuerza estáis sin medida», los malapropismos «conmigo tiene infinitivas cuentas», los neologismos «¡ah, ruin hombricida! ¡sois un mataseres, un matahombres, un matahembras!», el humor polisémico «aquí no dejaré que te dispares. Pistola, descárgate de nuestra compañía» o las personificaciones, «No hables como una calavera. No me recuerdes mi fin».

Así pues, con el permiso de Harold Bloom, me apropio de sus palabras «Nunca he tenido claro cómo un profesor y crítico de Shakespeare puede evitar ser absorbido por él».




 

2 comentarios:

  1. Ya hace años que apenas leo traducciones, pero esta bien merece la pena. Es de agradecer que alguien reseñe lo que casi nadie reseña. Y que lo reseñe así de bien. Todo esto tiene su sentido, al contrario que lo otro, ese sinsentido, ese hablar siempre de lo que no interesa.

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  2. ¡Muchas gracias! Me alegro de que te te guste Shakespeare. Fue un genio, lo bueno es que hoy tenemos genios entre nosotros que nos hacen pensar dándoles la vuelta a la tortilla.
    ¡Seguimos leyendo! (y tú, escribiendo por favor)

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