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viernes, 3 de diciembre de 2021

LOS HILOS QUE ROMPEMOS








¿Llegamos a romper los hilos —invisibles— que nos atan? ¿A la familia, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a la sociedad? Creo que no. Me gustaría romper con tantas cosas que a veces es mejor no pensarlo porque probablemente me quedaría muy sola. Son pocos los afortunados que actúan según sus convicciones en cada momento. Porque es difícil funcionar sabiendo que vas a herir a alguien con un comportamiento diferente. Por eso, puede que los más cobardes, o los que no somos tan valientes, pongamos nuestra esperanza en artificios que conseguirán liberarnos, o en espíritus bienhechores que acudirán del otro lado para ayudarnos, aconsejarnos, cambiarnos con sus poderes que nada tienen que ver con los establecidos en este lado.

La primera vez que me enfrenté a Javier Quevedo fue con Cuerpos descosidos. La encontré demoledora aunque rápidamente me identifiqué con algunas situaciones. Es una novela en la que el lector sufre porque el tormento de los personajes se instala en su mente mientras busca soluciones. De manera más costumbrista, me ocurrió algo parecido con Ojos verdes, negra sombra.

He terminado Los hilos que rompemos y Quevedo lo ha vuelto a conseguir. Ahí estoy yo, luchando por hablar, por sincerarme con quienes me rodean y conmigo misma.

¡Qué difícil!

Esta introducción, larga reflexión, viene a cuento porque no sé por dónde empezar a comentar esta fantástica novela, a no ser diciendo que todos deberíamos leerla.

La característica más destacable es la ambigüedad. De pronto aparece un personaje que nos recuerda a otro y son tantas y tan imposibles las coincidencias que empezamos a creer en la transustanciación.

Hay hechos que, irremediablemente, nos llevan a otros ocurridos en otro tiempo, en otro espacio, y nos sentimos perdidos porque queremos saber dónde está la conexión «—Mi novio trabajaba en una granja. Fue su propio hermano quien lo asesinó, con una de esas pistolas que usan los granjeros».

Hay novelas que se escriben, durante la novela, pretendiendo ser objetivas hasta que el autor, ficticio, se da cuenta de que en realidad es una autobiografía (¿real?). Y el lector, inquieto, desea conocer ese final para poder atar cabos, el de la novela y el de la metanovela.

Hay personajes que sueñan con ser otros, irreales, a los que siempre admiraron; otros, reales, se comportan como en una ficción.

Hay dos referentes simultáneos, uno real y otro fantástico que se vive como auténtico «—…ha sido un sueño tan real […] Se trataba de un hombre a quien nunca he visto. Y estábamos en un sitio donde nunca he estado […] Parecía un viejo hospital abandonado». El sueño de unos personajes es la realidad de otros, «yo no era yo».

También hay personajes que, una vez muertos, forman parte de la existencia de los vivos recordándoles que aún no han sabido cortar ese hilo que los unía, y otros, vivos, que se comportan como si realmente estuvieran muertos «Salvador bufa al derrumbarse sobre mi espalda, así que doy por hecho que acaba de correrse».

En Los hilos que rompemos la memoria funciona como una forma de vida hasta que los protagonistas son conscientes de que vivir requiere, además, protagonizar la vida, de que el recuerdo no permite que vivan aquellos en quienes pensamos, porque vivir no pertenece a su mundo. Los personajes están convencidos de que la muerte está unida a la invisibilidad y al olvido, por eso se niegan a olvidar, pretendiendo la no muerte de sus seres queridos, sin darse cuenta de que en realidad ellos tampoco experimentan ya ninguna voluntad. Tanto Igor como Pandora deciden, cada uno a su manera, romper con las ataduras, la muerte que sobrevuela sus vidas, y enfrentarse a la realidad a través de la confesión onírica o literaria.

Igor no puede vivir más en el pasado, el dolor del recuerdo atormenta tanto como el dolor existente, o más, porque se revive una y otra vez. Tampoco Pandora puede enfrentarse a su cobardía y a la angustia de saber que pudo evitar una muerte.

La memoria nos afinca en la muerte, en la destrucción. Ambos personajes se van deteriorando poco a poco. Igor revela el estado de su alma constantemente aunque una y otra vez incide en su físico, casi detestado: «yo ya era un adolescente. Raro y con cierto sobrepeso y sin demasiada personalidad como para imponerme, pero adolescente», «un cuarentón con sobrepeso». Cuerpo que, en un determinado momento, iguala a su alma, «soy un asesino. Esta mañana era un cuarentón con sobrepeso, pero ahora soy otra cosa: soy un asesino».

Está claro que Igor va cambiando solo en su forma de ser, hasta que llega un momento en el que no le gusta lo que ve. Las ganas de desaparecer se acrecientan, ya no siente necesidad de seguir atado a una madre que lo atormentó desde pequeño pero de la que, por cuestiones morales, no podía separarse. Y no puede seguir atado al recuerdo de Vladimir porque lo acusa constantemente de cobarde. Por eso decide continuar su sueño, el deseo de transformarse en una «niña que siempre consigue sobrevivir a la adversidad».

También Pandora ha cambiado desde la muerte de Adela. Su cuerpo se ha deteriorado a causa de una hemiplejia y su subconsciente la bombardea con terribles imágenes de las que no puede librarse. No se quedará tranquila hasta que denuncie lo que pasó, hasta que venza su cobardía. Deberá aparecer Marisol, personaje que cobrará casi todo el protagonismo mientras va uniendo a Igor y Pandora en una realidad posible. Marisol es el puente alternativo entre lo real e imaginario. Es la persona que Javier Quevedo elige para que actúe a modo de reflexión. De hecho, hay un juego entre el autor, la novela y el lector, ya que este debe determinar en todo momento la realidad de lo leído, el rumbo que va tomando el texto. Mediante Marisol somos conscientes de que el interior de Igor contempla a todos los que se mueven a su alrededor y, desde su perspectiva, nos muestra cómo son. El alma de Pandora también reflexiona por fin. Las coincidencias entre ambos aparecen en las autoobservaciones que van llevando a cabo. Marisol las saca a la luz; es una voz narrativa que efectúa para los lectores una especie de performance con la que manifiesta el alter ego del escritor, a modo de rasgo de estilo. Lo real, la identidad, pasa a formar parte de lo imaginado para poder neutralizar sus características. En el relato se van fundiendo diferentes yoes, distintas voces que construyen una verdad ambigua, que se abre paso entre lo ficcional y lo existente con ciertos toques autobiográficos.

La figura de Javier Quevedo adquiere, en Los hilos que rompemos, más relevancia que en sus otras novelas, aunque los guiños a Cuerpos descosidos aparezcan en más de una ocasión para aludir a una realidad (que también era ficcional) «—Una especie de espectáculo clandestino, donde una tipa te hace como una imposición de manos y […] absorbe tus culpas físicamente».

Al establecer un trasiego narrativo entre Igor y Pandora juega con la identidad sexual, ninguno está del todo satisfecho; el autor, Javier Quevedo, niega de algún modo formar parte de la literatura universal hecha por hombres, y consigue que sea Pandora, alentada por Marisol, la que escriba una novela de denuncia sobre el efecto de las violaciones en mujeres, que se han unido al de las violaciones en hombres, expuesto anteriormente por Igor.

El autor abordó en Ojos verdes, negra sombra el problema social de la homosexualidad femenina. Mujeres atormentadas por la realidad física y mental, que esperan (y no todas lo hacen) casi una vida para dar rienda suelta a sus sentimientos. El resentimiento de las no aceptadas sale a flote, mientras que el deseo de un hombre resentido impregna las páginas de Los hilos que rompemos, porque también permanece en la exigencia de la dominación.

El autor es consciente de que en la realidad que vivimos es difícil distinguir entre verdad y mentira, por lo que se mira a sí mismo y siente la necesidad de narrarse utilizando una conjunción de materiales heterogéneos, experiencias vividas o conocidas (esa «jauría»), consideraciones reflexivas y estrategias literarias, musicales o cinematográficas. Quevedo expone un código múltiple, que maneja a la perfección, para atestiguar un espacio transgresor, metamorfoseado, que el lector puede recorrer con una visión ontológica, moral o político-social. Es difícil extraer lo autobiográfico porque La paloma mensajera es la novela publicada entre Igor-Marisol-Pandora y constituye, sorprendentemente, la segunda parte de la novela que Javier escribe para ahondar en la ambigüedad. Desde la literatura le propone al lector que vea, oiga y no calle, porque es imposible mantenerse al margen. El autor no quiere una verdad complaciente con el mercado editorial (bienvenida, Dilatando mentes), tampoco Pandora acepta los consejos políticamente correctos de su editora Asumpta y, cuando va a claudicar, Marisol le advierte «—De la violación tampoco has mencionado nada».

Para el lector supone un desafío descubrir la frontera entre ficción y realidad, «Por supuesto, tengo mis teorías, no soy tan ingenua, pero me aterra verbalizarlas». El caso es que los capítulos están narrados en primera persona, con un tono entre confesional y autocrítico, emitido por una mujer irónica, incisiva, irreverente que, pasados los cuarenta años, aún es manejable por la autoridad, y manifestado por un hombre atormentado y sumiso incluso una vez cumplidos los cuarenta años. Ambos se consideran cobardes hasta que Marisol consigue que corten los hilos que los manejan.

Lo de menos es el sexo, lo de más es cuando se ensucia.

Lo de menos es ser hombre o mujer, lo de más es vivir acobardado, sin libertad.



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