viernes, 12 de febrero de 2021

EL INFINITO EN UN JUNCO


Hay personas que durante su vida anhelan saber más porque cuanto más saben mejor comprenden a los demás, más facilidad tienen para convivir y, por lo tanto, disfrutan más del día a día, son más felices. Y lo transmiten.

Creo que es lo que le sucede a Irene Vallejo, destila amor y felicidad. Y la contagia. Leer El infinito en un junco es dar un paseo por la Historia para comprender la necesidad del hombre de comunicarse con los demás, la necesidad de no olvidar lo que otros dijeron antes que él y la necesidad de compartirlo.

Y así, haciendo gala de un humor exquisito, Irene Vallejo nos abre las puertas de la Historia. El lector asiste con absoluto placer a los comienzos del libro, a la dificultad de plasmar con símbolos, en la piedra, el papiro o el papel, los sonidos rítmicos que con tanta facilidad producimos, a la necesidad de hacerlo. Y queda admirado (una vez más) al descubrir que, gracias a la escritura, sabemos que los grandes hombres, y los despreciables, renacen cada cierto tiempo. La autora nos recuerda cómo hace 25 siglos Alejandro Magno ya concibió lo que hoy llamamos globalización a partir del helenismo. Esta empresa ha sido llevada a cabo en varias ocasiones a lo largo de la historia, pero por cuestiones políticas o religiosas se ha destruido otras tantas. Y puestos a aniquilar, lo pulverizamos todo. 

Leyendo El infinito en un junco razonamos las consecuencias de destruir los libros escritos por filósofos, científicos, lingüistas… La cultura de esa sociedad queda devastada, por lo que se impide a quienes vengan después que la conozcan, es un atentado al propio ser humano. Imagino a los habitantes de la antigua Alejandría o de Irak en 2015 al ver sus tradiciones, sus pensamientos pisoteados, ninguneados, despreciados, quemados. Porque luego presiento a la sociedad sin bases, analfabeta, que se levanta de esas cenizas. Sospecho que volvemos a la Prehistoria aunque estemos rodeados de tecnología y las armas no sean huesos de animales. Seguro que eso es el eterno retorno. Pero también es cierto, que entre tanto odio (no encuentro otro sentimiento que califique estos hechos) hay otro grupo de personas que comienzan el ciclo de la vida y la convivencia.

Irene Vallejo es una de ellas y sabe que la memoria está unida al proceso de la escritura y la lectura.

Su propia obra es una confirmación formal del eterno retorno. En el libro no importa que la historia esté contada en riguroso orden cronológico, no afectan los saltos en el tiempo, con lo que demuestra que el devenir es en realidad una red de sucesos similares movidos por el afán de poder o saber, de alcanzar la perfección. De lo que hemos de darnos cuenta es de que el saber lleva irremediablemente al poder.

La autora realiza un ensayo de opinión en el que mezcla documentos científicos con anécdotas de la mitología, de algunos personajes de la historia o suyas propias, con lo que, además de demostrar una valentía y generosidad envidiables al abrirse a los demás, consigue una historia novelada llena de datos reales. No hay que ser un experto filósofo para entender lo que expuso Platón, ni un avezado filólogo para seguir a Aristóteles; cualquier lector que se asome a El infinito en un junco disfrutará de un libro placentero de asequible lectura, pues una prosa apasionada envuelve las aventuras de Alejandro Magno, Ptolomeo, Cleopatra, Aquiles, Ulises o Platón para conformar un mundo clásico tan cercano al actual. El estilo sencillo, de interesantes contenidos, es una muestra evidente de las ventajas de leer.

Vallejo consigue algo parecido a lo que desearon los primeros bibliófilos, como Alejandro o Ptolomeo y los primeros bibliotecarios, como Demetrio de Falero: democratizar el conocimiento. Y esto define a una persona total.

En el momento que alguien quiere ocultar el saber comienza imponerse la finalidad de cualquier tiranía: poder manejar mentes ignorantes.

Es este un libro más que recomendable, de hecho todos deberíamos leerlo porque además de disfrutar enterándonos de sucesos increíbles, asistimos, mediante el humor reflexivo y la ironía inteligente, al pasado. La autora nos ayuda a conocernos mejor si miramos atrás y, por lo tanto, a darnos cuenta de que no somos tan distintos, ni de los que viven a miles de kilómetros de nosotros, ni de los que vivieron hace miles de años.

El ensayo está dividido en dos partes: La primera, Grecia imagina el futuro, comienza contando cómo Alejandro, con grandes ansias de poder quería conquistar el mundo, llegar hasta donde le había dicho su maestro que estaba el final. «Aristóteles le había enseñado que el extremo de la tierra se encontraba al otro lado de las montañas del Hindu Kush». Es curioso que este rey de Macedonia, que también se hizo con el poder de Grecia, Egipto, Media y Persia quisiera crear una biblioteca universal, «otra forma —simbólica, mental, pacífica— de poseer el mundo». La autora relata que Alejandro recorrió las rutas de Asia sin separarse de La Iliada. Recuerdo que también Napoleón llevaba en sus campañas el Werther de Goethe. Y también Alfonso X fundó, en el siglo XIII, algo parecido a la Biblioteca de Alejandría, la Escuela de Traductores de Toledo… Aún a lo largo de la historia se repiten hechos afortunados; en la Grecia Antigua, ya los copistas empezaron a dejar su huella en los libros, según errores o alteraciones en los mensajes, lo que provocó, en el siglo I a.C., que empezasen a aparecer críticos literarios. Otra curiosidad (que nos define) es cómo desde el comienzo de la humanidad, hemos «preferido ignorar que el progreso y la belleza incluyen dolor y violencia»; Irene Vallejo recuerda bellísimos ejemplares de blancos pergaminos, «vitelas», sacados de crías recién nacidas del ganado o incluso de «embriones abortados en el seno de su madre» (¡Qué poco hemos avanzado!). Curiosidades sobre la enseñanza de la escritura, la aparición de los libreros, el primer loco que lleva a cabo una matanza en una escuela del 492 a.C., la labor de Hesíodo en el 700 a.C. anunciando lo que en el siglo XX se consideraría poesía social… Somos testigos de cientos de curiosidades relacionadas con los libros a lo largo de la historia, porque un hecho nos trae a la memoria otro anterior o posterior; el papel casi humillante de las bibliotecarias, hasta la época franquista incluso, fue evidente. Y observamos, complacidos, los agradecimientos de la autora a su madre por leerle todas las noches antes de dormir, a su profesora de Griego por saber escuchar y enseñarla a descubrir situaciones poco agradables, de acoso incluso, de las que podía evadirse leyendo. No hay rencor en la prosa de Vallejo ante tanto horror, hay asombro, algo de sarcasmo y mucha empatía, sensaciones que todos podemos experimentar a través de la lectura, pues ayuda a imaginar un mundo mejor, a tener un salvavidas espiritual en circunstancias difíciles y a evadirnos de ciertos contextos tóxicos. Vallejo es consciente de estas realidades y las denuncia, «La violencia entre los niños, entre los adolescentes, se desarrolla protegida por una barrera de silencio turbio».

La segunda parte, Los caminos de Roma, comienza con la fundación de la ciudad (con tres episodios infames, el fratricidio de Rómulo, llenar la aldea de maleantes y la violación masiva de las mujeres de los alrededores para poder tener habitantes. Otra curiosidad, Rómulo emprende su andadura de forma parecida a Alejandro, quien «decidió (en Susa) celebrar una fiesta grandiosa […] bodas colectivas».

Asimismo Roma llega a convertirse en un verdadero adalid de la cultura al engrandecer la Biblioteca. Y también le debemos mucho a este imperio, Virgilio se instalará ente nosotros en la narrativa de viajes y aprenderemos de la sátira de Marcial. Nuestra escritura adoptará los signos romanos y nuestras tradiciones sus costumbres. Porque la historia del hombre está construida con elementos vergonzantes y otros que enaltecen. Somos contradictorios, de ahí que Vallejo nos recuerde —siempre desde el buen humor, la cordialidad y el razonamiento— la paradoja de personajes tan influyentes como el propio Séneca, ridiculizado en la sociedad del siglo I por defender sus ideas de moralidad intachable mientras «administraba negocios con métodos de capitalista desenfrenado», y sin embargo le debemos aún hoy uno de los pensamientos más inquietantes que rigen las sociedades modernas, pues en sus Epístolas a Lucilio se adelanta a la actualidad denunciando que es normal y efectivo que el estado castigue homicidios individuales mientras en «las guerras […] la violencia se ejerce mediante decisiones del Senado y decretos de la plebe».

El infinito en un junco es un homenaje, como pocos se han hecho, al Mundo Antiguo y por similitud, a la Historia de la Humanidad. En ella nos vemos reflejados, aprendemos de sus errores, evolucionamos sus aciertos y nos damos cuenta de que repetimos los hechos, «de los burdeles romanos a la trata de mujeres en el presente». Pero nada de esto sabríamos sin la escritura porque de todos es sabido que la memoria es efímera e irregular (Verba volant, scrīpta mānent).

No hay comentarios:

Publicar un comentario