¿Cómo es posible leer una novela muy
triste y no terminar hundida? ¿Cómo es posible contar un suceso terrible,
traumático como si fuera parte de la vida cotidiana?
No lo tengo claro pero Lana Corujo lo consigue. Escribe una
novela corta que asombra porque todo en ella es singular. La estructura, el
lenguaje, el humor, incluso las ilustraciones son originales, dibujos que
aunque se piensen en la madurez quedan expuestos como pintados en la infancia.
La protagonista de Han
cantado bingo vive con su hermana; siempre presente. Durante un tiempo
la acompaña en la realidad; después en una irrealidad que para ellas es común y
por último la lleva en su pensamiento.
La estructura es insólita. Son
capítulos muy cortos, algunos formados por un solo verso, cuya característica
es que llevan el título marcado por un número y que al comienzo del libro se
nos advierte «cada número que acompaña el
título del capítulo indica la edad de la voz de la protagonista».
Tampoco es usual la normativa que rige
la ortografía. No hay guiones que indiquen los diálogos. Estos van entre
llaves, subrayados o en letra cursiva cuando habla la protagonista. La
escritura es seguida, no hay apartados para cada interlocutor «Ya llegan. El sonido de las llaves contra
la puerta avisa […] {Yo también voy a ser capaz de ver uno} […] ¿Por qué
lloras?».
A pesar de que los capítulos van
marcados con la edad de la protagonista, no siguen una línea temporal; los
saltos en el tiempo, adelante, atrás, repetidos, dan cuenta de su tristeza y
soledad continua.
Hay dos capítulos que no llevan número
porque corresponden a diferentes realidades; uno es el realismo mágico que vive
Alejandra con la perrita muerta y el otro el que vive Abuela con su madre
muerta. Poco a poco vamos conociendo a la familia a través de las fotografías
que suponen esos capítulos cortos: «Veo
dos mariposas. Somos Aleja y yo en otro universo».
Los temas de la novela son aquellos
que van ligados a las impresiones de la protagonista: El vacío que deja la
muerte y la soledad que nos acompaña a pesar de estar con gente alrededor; la
culpa derivada de un trauma que no hemos sido capaces de asimilar; la
nostalgia, a veces incluso alegre, que sentimos hacia alguien muy próximo que
no está con nosotros; el dolor que no nos abandona, permaneciendo explícito o
agazapado a lo largo de nuestra vida adulta; el cariño que todos los niños
necesitan para sobrellevar sus miedos.
Son temas íntimos, sensaciones de la
protagonista que, sin querer o con intención, nos introducen en nuestra propia
infancia; preguntas que nos hacemos cuando empezamos a reflexionar «¿Crees que hay algo después de la muerte?»,
y que nos hemos respondido cuando nuestra razón no había abandonado aún la
imaginación «No lo sé. Me da miedo pensar
en eso».
El contexto que acoge a la novela de
Lana Corujo no es usual, como tampoco lo son sus personajes; refleja la
opresión y el miedo de las niñas a la soledad. Un paraje agreste, con el volcán
presidiendo sus vidas; con las fantasías que rodean al Ahorcado y atemorizan a
las pequeñas; con una casa vacía que las mantiene unidas y asustadas, temiendo
la llegada de unos padres jóvenes, que se olvidan que lo son y salen por las
noches y beben y se enfadan y gritan dejando a Alejandra y a su hermana
inseguras e intimidadas; con una herencia que no es la misma para todos, una
herencia que no ha recibido la madre por lo que se siente culpable y
estigmatizada.
Y todos los miedos están contados con
un lenguaje poético bello, «La marea
suena con estruendo al fondo y la luna llena nos mira con ternura»; las metáforas
ayudan a entender la realidad de la protagonista «Pronuncio palabras que se me astillan en la boca»; las
enumeraciones asindéticas aceleran el ritmo y resaltan cada elemento con mayor
intensidad, «Soy una hija, una hermana,
una nieta, una prima, una niña ruin, una mujer asustada, una chica mediocre, un
animal rabioso». La narración permite al lector, con algunas
representaciones, ordenar el relato y transmitir toda la información necesaria
en una sola imagen; en otras ocasiones, la protagonista narradora se decide por
oraciones anafóricas, que aparecen como fotogramas de una cinta, para retratar
a los personajes hasta que los asimilamos, entendemos por qué son así y
llegamos a quererlos mientras renegamos de los vapuleos de la vida.
Han
cantado bingo es una simple narración de los hechos
ocurridos a la protagonista desde que tenía dos años, cuando nació su hermana
Alejandra, hasta los 90, edad en la que está preparada para morir. La vida se
ve como una lotería en la que cada uno debe afrontar lo que le viene; por eso
ella elige de sus noventa años, los mismos que forman parte del bombo, los
quince que la han marcado más. Será al final cuando pueda cantar bingo y
recibir su premio.
El 2 marca el nacimiento de Aleja,
unida a ella para siempre.
El 7 recuerda los juegos con Aleja,
quien la adoraba.
El 10 refleja las historias que le
contaba para no oír las discusiones de sus padres.
El 13 marca el nacimiento del hijo de
su prima adolescente.
El 15 establece su visita al médico,
pues las pesadillas la atormentan.
El 18 muestra la decisión de su padre,
que la insta a estudiar fuera.
El 22 contrasta las discusiones con su
madre y el confort de Abuela.
El 28 supone la decisión de no seguir
viviendo con su hermana.
El 30 prescribe la pronta ausencia de
la abuela.
El 36 marca el nacimiento de su hijo.
El 48, el 64, el 72 suponen la etapa
en la que cada vez que ve dos animales juntos se identifica con su hermana.
El 90; cuando está preparada «Creo con fuerza reencontrarme con todas las
caras que quise y me dejaron en un tiempo u otro».
Algo tan prosaico como un bingo
adquiere una dimensión emocional tan profunda que nos inunda. El lenguaje se
eleva por encima de su función informativa y nos enseña la poética. Los
canarismos aportan sonoridad y ritmo consiguiendo que, a pesar del dolor,
leamos de forma placentera la vida de una niña, una mujer, una anciana que gira
en torno al deseo de estar siempre junto a su hermana.
«Pinto cada día para que Aleja tenga diez años rodeada de belleza y juego. Pinto y vivo por nosotras. Llegó el momento de romper la herencia».



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