viernes, 12 de junio de 2026

HAN CANTADO BINGO

¿Cómo es posible leer una novela muy triste y no terminar hundida? ¿Cómo es posible contar un suceso terrible, traumático como si fuera parte de la vida cotidiana?

No lo tengo claro pero Lana Corujo lo consigue. Escribe una novela corta que asombra porque todo en ella es singular. La estructura, el lenguaje, el humor, incluso las ilustraciones son originales, dibujos que aunque se piensen en la madurez quedan expuestos como pintados en la infancia.

La protagonista de Han cantado bingo vive con su hermana; siempre presente. Durante un tiempo la acompaña en la realidad; después en una irrealidad que para ellas es común y por último la lleva en su pensamiento.

La estructura es insólita. Son capítulos muy cortos, algunos formados por un solo verso, cuya característica es que llevan el título marcado por un número y que al comienzo del libro se nos advierte «cada número que acompaña el título del capítulo indica la edad de la voz de la protagonista».

Tampoco es usual la normativa que rige la ortografía. No hay guiones que indiquen los diálogos. Estos van entre llaves, subrayados o en letra cursiva cuando habla la protagonista. La escritura es seguida, no hay apartados para cada interlocutor «Ya llegan. El sonido de las llaves contra la puerta avisa […] {Yo también voy a ser capaz de ver uno} […] ¿Por qué lloras.

A pesar de que los capítulos van marcados con la edad de la protagonista, no siguen una línea temporal; los saltos en el tiempo, adelante, atrás, repetidos, dan cuenta de su tristeza y soledad continua.

Hay dos capítulos que no llevan número porque corresponden a diferentes realidades; uno es el realismo mágico que vive Alejandra con la perrita muerta y el otro el que vive Abuela con su madre muerta. Poco a poco vamos conociendo a la familia a través de las fotografías que suponen esos capítulos cortos: «Veo dos mariposas. Somos Aleja y yo en otro universo».

Los temas de la novela son aquellos que van ligados a las impresiones de la protagonista: El vacío que deja la muerte y la soledad que nos acompaña a pesar de estar con gente alrededor; la culpa derivada de un trauma que no hemos sido capaces de asimilar; la nostalgia, a veces incluso alegre, que sentimos hacia alguien muy próximo que no está con nosotros; el dolor que no nos abandona, permaneciendo explícito o agazapado a lo largo de nuestra vida adulta; el cariño que todos los niños necesitan para sobrellevar sus miedos.

Son temas íntimos, sensaciones de la protagonista que, sin querer o con intención, nos introducen en nuestra propia infancia; preguntas que nos hacemos cuando empezamos a reflexionar «¿Crees que hay algo después de la muerte?», y que nos hemos respondido cuando nuestra razón no había abandonado aún la imaginación «No lo sé. Me da miedo pensar en eso».

El contexto que acoge a la novela de Lana Corujo no es usual, como tampoco lo son sus personajes; refleja la opresión y el miedo de las niñas a la soledad. Un paraje agreste, con el volcán presidiendo sus vidas; con las fantasías que rodean al Ahorcado y atemorizan a las pequeñas; con una casa vacía que las mantiene unidas y asustadas, temiendo la llegada de unos padres jóvenes, que se olvidan que lo son y salen por las noches y beben y se enfadan y gritan dejando a Alejandra y a su hermana inseguras e intimidadas; con una herencia que no es la misma para todos, una herencia que no ha recibido la madre por lo que se siente culpable y estigmatizada.

Y todos los miedos están contados con un lenguaje poético bello, «La marea suena con estruendo al fondo y la luna llena nos mira con ternura»; las metáforas ayudan a entender la realidad de la protagonista «Pronuncio palabras que se me astillan en la boca»; las enumeraciones asindéticas aceleran el ritmo y resaltan cada elemento con mayor intensidad, «Soy una hija, una hermana, una nieta, una prima, una niña ruin, una mujer asustada, una chica mediocre, un animal rabioso». La narración permite al lector, con algunas representaciones, ordenar el relato y transmitir toda la información necesaria en una sola imagen; en otras ocasiones, la protagonista narradora se decide por oraciones anafóricas, que aparecen como fotogramas de una cinta, para retratar a los personajes hasta que los asimilamos, entendemos por qué son así y llegamos a quererlos mientras renegamos de los vapuleos de la vida.

Han cantado bingo es una simple narración de los hechos ocurridos a la protagonista desde que tenía dos años, cuando nació su hermana Alejandra, hasta los 90, edad en la que está preparada para morir. La vida se ve como una lotería en la que cada uno debe afrontar lo que le viene; por eso ella elige de sus noventa años, los mismos que forman parte del bombo, los quince que la han marcado más. Será al final cuando pueda cantar bingo y recibir su premio.

El 2 marca el nacimiento de Aleja, unida a ella para siempre.

El 7 recuerda los juegos con Aleja, quien la adoraba.

El 10 refleja las historias que le contaba para no oír las discusiones de sus padres.

El 13 marca el nacimiento del hijo de su prima adolescente.

El 15 establece su visita al médico, pues las pesadillas la atormentan.

El 18 muestra la decisión de su padre, que la insta a estudiar fuera.

El 22 contrasta las discusiones con su madre y el confort de Abuela.

El 28 supone la decisión de no seguir viviendo con su hermana.

El 30 prescribe la pronta ausencia de la abuela.

El 36 marca el nacimiento de su hijo.

El 48, el 64, el 72 suponen la etapa en la que cada vez que ve dos animales juntos se identifica con su hermana.

El 90; cuando está preparada «Creo con fuerza reencontrarme con todas las caras que quise y me dejaron en un tiempo u otro».

Algo tan prosaico como un bingo adquiere una dimensión emocional tan profunda que nos inunda. El lenguaje se eleva por encima de su función informativa y nos enseña la poética. Los canarismos aportan sonoridad y ritmo consiguiendo que, a pesar del dolor, leamos de forma placentera la vida de una niña, una mujer, una anciana que gira en torno al deseo de estar siempre junto a su hermana.

«Pinto cada día para que Aleja tenga diez años rodeada de belleza y juego. Pinto y vivo por nosotras. Llegó el momento de romper la herencia».

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