¿Hasta
dónde es capaz de llegar el ser humano? Parece que hasta la animalización, o
más allá de ella porque el hombre continúa razonando para ser más cruel. Puede
que llegue un momento en que la culpa se instale en nuestro cerebro, por las
atrocidades cometidas, y martillee incansable hasta destrozarlo. Podríamos
hablar entonces de locura, de la enajenación que se apodera de nosotros y es la
responsable de la aniquilación que infligimos. Pero antes de llegar a ese
estado se ha de ser simplemente malvado, tener malos instintos.
En
esto pensaba mientras leía El temperamento melancólico, por lo
que una vez terminado he debido dejar a un lado el rechazo que me ha producido
el mensaje para poder admirar lo que el autor ha conseguido. Jorge Volpi, con una prosa magnífica,
recoge en esta novela el punto de vista filosófico, religioso, pictórico,
cinematográfico, novelístico y ensayístico con el que diversos autores, a
partir del tratado Problema XXX, 1
del siglo IV a.C., han demostrado la importancia que la melancolía tiene para
el hombre.
El
estado melancólico estaba admitido ya en la antigüedad clásica, es más, los
hombres melancólicos abundaban y, según Aristóteles, los hombres extraordinarios
lo eran, fruto de un exceso de bilis negra. Pero este concepto fue
evolucionando hacia un significado negativo; la melancolía, asociada a la
tristeza, el hastío, la angustia, es el comienzo de la autodestrucción, de ahí
que el autor mexicano refleje, en El
temperamento melancólico, la condición devastadora que nos persigue en
cualquier situación. La forma novelística acompaña al contenido, por eso se
presenta como una amalgama caótica de técnicas ajenas a la narración: diario de
la protagonista de la novela, anotaciones del autor-creador de la película,
epístolas, diálogos, tratados, descripciones, entradas de diccionarios
enciclopédicos, guiones cinematográficos, entrevistas, biografías…, y repleta
de diferentes personajes que, en algún momento, dejan oír su propia voz.
En
realidad nos encontramos con un análisis, algo radical, de la relación
existente entre el Arte y la vida; qué es más real, lo ficticio, lo que
sentimos en nuestro interior o lo tangible. Este es el punto de partida para
mezclar sin problema ficción y realidad, de manera que hay un momento en el que
la autobiografía de Renata, parte central de la novela, tiene tantas
bifurcaciones que el lector no sabe qué es o no real; pero eso no importa, sino
la reflexión ética que se lleva a cabo de forma constante.
Los
monólogos interiores aportan voz a unos personajes, en principio secundarios,
luego serán imprescindibles, que además de constituir una toma de conciencia
con la que justificar, o no, su forma de actuar, nos sirve para, a través de su
mirada, seguir temas como la soledad, la frustración, la fuerza, la cobardía o
la culpa. Entre todos conforman una realidad convincente, que fluye desde su
intimidad y contrasta con el absurdo que están viviendo.
El
argumento es sencillo en principio: Un afamado director de cine, Karl Gruber,
sufre un cáncer terminal y decide filmar una película que constituya su obra
cumbre, una obra de arte que refleje la propia vida y se la dé a él para la
posteridad. Para ello elige a diez personas, no famosas, para que convivan en
su finca Los Colorines, durante el tiempo que dure la filmación de la película:
El Juicio. Así, en un viaje absurdo,
pues el director no se presenta, ni son informados del guion ni de nada, van en
busca de la fama, Zacarías, Javier, Ana, Luisa, Ruth, Sibila, Arturo, Gamaliel,
Gonzalo y Renata. En el autobús son acompañados por Eufemio, el secretario de
Gruber, y quien los recibe en el rancho es Braunstein, el fotógrafo. Todos
harán en todo momento lo que ordene el director, Gruber, el creador de nuevas
personalidades y de un nuevo universo para ellos. No se nos escapa que, en
total, son doce los que siguen a este hombre que se considera a sí mismo como
un Dios. Y como tal, actuará con ellos; de manera déspota, insensible, les
asignará el papel que deberán representar siguiendo sus órdenes al principio y,
después, cuando es consciente de que ha creado poco menos que monstruos y deja
de decidir sus comportamientos, ve, impasible, cómo siguen ejerciendo su papel,
convencidos de vivir en la realidad. Este comportamiento los llevará
irremediablemente a la destrucción; el dios Gruber lo sabe pero se escuda en
que actúan libremente «—Es algo que yo no
puedo detener —me respondió indiferente—. Tú lo has visto […] el artista es lo
único que hace: crea y luego contempla la lenta demolición de su obra».
Indudablemente
el concepto de libre albedrío es puesto en entredicho, pues el Creador ha hecho
así a su obra, ha enseñado cómo debían comportarse; Gruber es quien consigue
que el Arte sea sucio porque en su película sólo saca la suciedad de las
personas «La cámara regresa al rostro
sudoroso de Gonzalo. Zacarías, en tanto, se coloca detrás del bastidor. Gonzalo
se mete una mano en el bolsillo del pantalón y la mueve ahí». Poco a poco
la convivencia en la casa se convierte en una orgía violenta, en una
demostración de la más absoluta depravación, revelando con ello que ocultamos acciones
que nos envilecen, acciones que echan sobre nuestros hombros la culpa que no nos
permite alcanzar la felicidad, «—Esa
noche, mientras tú me besabas, Zacarías y yo engendrábamos a Renata… La cámara
enfoca de nuevo los ojos llorosos de Ruth».
La
culpa nos lleva «a la locura y al rencor,
a la insania que de un modo u otro nos alcanza a todos». Esta puede ser la principal
condición del ser humano, la fragilidad que consigue destacar en cada uno de
nosotros una imperfección capaz de devenir en el mayor de los males al
pretender ocultarla.
Como
Gamaliel, que se une al grupo por el egoísmo de conseguir fama y estatus aunque
lo niegue al afirmar que busca sobrevivir «apenado,
con el sincero convencimiento de que no puedo escapar a mi destino».
Arturo
parte de una realidad embustera de la que intenta desprenderse mediante la
falsedad de la interpretación «Comprendí
entonces que el mundo es sólo una apariencia».
Luisa
se embarca en la aventura de vivir una ficción cansada de la inseguridad que ha
experimentado toda su vida, el miedo a la realidad se difuminará cuando «me dejen actuar». Piensa que en un
mundo inventado podrá conseguir lo que se propone.
Ruth
también actúa egoístamente, por temor a perder la libertad «no quería que me obligasen a casarme con él; mi hijo —que resultó ser
hija— sólo me pertenecía a mí», es capaz de abandonar a su familia, hasta
que se da cuenta de que su valentía es fingida, y «acepté casarme con un hombre de grandes recursos económicos».
Lógicamente esto la arrastrará a una vida vacía, infeliz, que pone de
manifiesto la principal consecuencia del egoísmo: generar un daño mayor que el
que pretendíamos evitar.
También
Javier, quien se muestra altivo con los demás por miedo a ser comparado;
intenta apartarse de todos sin abrirse a nadie, «En ninguna circunstancia […] me permito perder el control». Ha
llegado a un punto en el que no sabe cómo es en realidad pues vive una
invención que le vale de coraza. A través de la actuación pretende descubrir su
identidad real.
El
caso de Sibila es algo diferente, ella intenta negar su egoísmo al creerse
única a los ojos de Dios. Mediante la actuación podrá trascender el misticismo
en el que está inmersa y pasar a la realidad para ser vista también por los
hombres. Quiere desinhibirse del vínculo que le confiere la realidad de la
religión, utilizando la irrealidad de la actuación «Necesito esa impudicia disfrazada para liberarme de mis cadenas».
Gonzalo
se siente superior a los demás al ser quien juzga las obras de los otros,
aunque disfrace este egoísmo y no lo asuma abiertamente: «no tengo ni idea de para qué pueda servirles un humilde experto en la
Edad Media».
Zacarías
es orgulloso, egoísta al considerarse íntegro, más que nadie, intachable y
perseverante, sin darse cuenta de que el autodominio estricto conlleva una
dictadura brutal, «Orden y educación para
salvarnos, para ser mejores cada día, para escapar a la destrucción».
Renata,
la «renacida», será la encargada de
existir y hacernos ver la puesta en marcha de la ficción que, sarcásticamente,
todos llevarán a cabo representando un papel similar al que tenían en la
realidad; con esto Gruber, el creador, demostrará que el Arte y la Vida están unidos
indisolublemente, que hagamos lo que hagamos, no podemos escapar a nuestro destino.
Renata
quiere escapar de su realidad, de su marido Carlos, celoso en extremo, que le
impide ser quien es, y se introduce en el mundo de Gruber, quien la adopta como
su hija, su confidente, hasta que consigue violarla sin que ella pueda quejarse
ni oponerse, como en la vida real. Después, en la película, será la hija de
Zacarías, quien la obliga a desnudarse delante del crítico de arte (lógicamente,
Gonzalo) para pintar su esencia. Renata vivirá una y otra vez la misma derrota,
la misma traición interior.
Zacarías,
será el creador, trasunto de Gruber, y llevará a su familia a la destrucción.
Casado con Ruth, quien podrá demostrar en escena que es capaz de ser infeliz
con tal de tener un puesto social. Mientras que Sibila, al desatarse los lazos
religiosos, aparece en la obra como la responsable de romper el matrimonio de
Ruth y Zacarías.
Gamaliel
actúa como amigo de Javier, hijo de Zacarías, sólo para intentar enamorar a
Luisa, mujer de Javier.
Arturo
quiere evadirse de la mentira vivida al tener que cuidar siempre a su madre,
sin quererlo, para descubrir en la interpretación que a pesar de estar con Ana,
es homosexual.
La
novela supone todo un reto para el lector que debe resolver las contradicciones
resultantes de las diversas realidades, la que vive cada uno, la de Gruber, la
que crea Gruber en su película, aquella en la que actúa cada uno en la ficción
libremente… Todos se mueven por un afán de supervivencia y curiosamente se
encierran en un juego que les hace daño, son conscientes de ello pero aun así se
dejan llevar por su dios, el que les ha labrado su destino.
Renata
es quien pone de manifiesto las incoherencias del yo desdoblado hasta demostrar
que el yo no significa nada, sólo se reconoce en su otredad, en lo que el otro
cree «nos convertíamos poco a poco en sus
criaturas». La desidentificación del ser humano es demoledora pues está
creado a imagen y semejanza de alguien también imperfecto —por eso lo somos—.
La conciencia de ser humano se va perdiendo en el transcurso hasta que surge el
Apocalipsis.
Ante
estas cuestiones, ¿quién es el degenerado, el que actúa o el creador? ¿La
verdad está en la imaginación donde no podemos acceder? ¿Puede cualquier ser
humano convertirse en esquizofrénico?, no es raro que pintores como Durero,
cineastas como Buñuel o novelistas como Sábato hayan pretendido buscar la
verdad. Algo que El temperamento
melancólico también intenta, apoyándose en la intertextualidad, para
descubrir que la presencia del mal es continua en la sociedad.
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