Después de quedar admirada al leer El evangelio según Jesucristo no he
dudado en continuar con Caín, sobre todo porque cuando me
enteré de lo ocurrido entre él y su hermano me pareció muy injusto. Yo era una
niña y, como tantas veces, no me atreví a cuestionar nada de lo escrito en la
Biblia, ni siquiera a pretender que la monja que impartía religión me explicara
pasajes que no entendía. En este en concreto no tenía claro por qué Dios
rechaza la ofrenda que le hace Caín si le da todo lo que tenía. Tampoco entendí
lo del arca de Noé; por muy grande que fuera no cabrían animales de todo tipo,
más teniendo en cuenta el tamaño de algunos. No pensé en lo difícil que sería
mantener durante cuarenta días a los animales encerrados, ni en la gran
cantidad de comida que habría que llevar, ni en los desechos que habría que
limpiar si no querían morir asfixiados.
Bueno, tampoco me entraba en la cabeza
que Adán y Eva fueran los únicos en el paraíso; teniendo en cuenta que solo
tuvieron hijos varones ¿Cómo se propagó la especie? Estas preguntas tan
sencillas no me las aclararon; solo me dijeron que eran parábolas o metáforas
cuyo significado se desentrañaba con verdadera fe. Así que nada, me quedé sin
saber el porqué de tanta ira y no pregunté más porque en el fondo me encantaban
las historias, como después me gustó la mitología.
José
Saramago también cuestiona esto, y más, en su novela.
Caín, aprovechando que es castigado a errar por el mundo sin necesidad de
máquina del tiempo, viaja por el espacio y las distintas épocas para verlo
todo, su pasado y su futuro y para darse cuenta de que el hombre va a hacer lo
mismo una y otra vez, continuamente recibirá el castigo divino; no escarmentará
con lo sucedido a generaciones anteriores porque él no lo ha vivido. Somos tan
ingenuos, o tan soberbios, que pensamos que nosotros lo haremos mejor, que no
terminaremos tan mal como nuestros antepasados.
Hoy, como en la torre de Babel,
seguimos peleando con quienes no hablan nuestra lengua; no los entendemos y
tenemos miedo a lo desconocido o creemos que es peor que lo que nosotros
expresamos. Y seguimos rechazándolos y seguimos impidiendo que ocupen nuestros
espacios por miedo a que su pensamiento se imponga. Seguimos teniendo miedo al
cambio pero queremos que cambien los demás o desaparezcan. Esto ha sido la
historia de la humanidad. Lo peor es que no se dan verdaderas razones de por
qué lo hacemos; la mayoría de veces actuamos en nombre de un dios que ordenó
que todo estuviera de una manera que curiosamente es la nuestra.
Saramago, fiel a su estilo reflexivo,
de frase larga, de la que se vale para introducir un humor irónico fantástico,
expone con mucho cuidado los efectos que puede tener en nosotros el no pensar,
el llegar a creer cosas que no entendemos, «porque
incluso la inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en
comprender que estar informado siempre es preferible a desconocer».
El narrador se confunde con el autor,
por eso va opinando, desde su presente, de todo lo que ve, de los pasos que da
Caín, a dónde lo llevan. No hay sorpresas, pues la historia ya está escrita,
hay reflexiones del narrador y rebeliones de Caín, quien juega con desventaja
puesto que por mucho que se enfrente a Dios y le cuente las injusticias, la
respuesta va a ser la misma. No hay opción de cambiar el pasado, por eso en Caín conviven el pasado y el presente
con cierto tono burlesco que queda acentuado por la narración irónica, «Verdaderamente haber llamado a esto ciudad
fue una exageración […] faltan aquí los automóviles y los autobuses […] la
modernidad, la vida moderna. Pero todo se andará, el progreso, como se
reconocerá más tarde, es inevitable, fatal como la muerte».
Los sinónimos abundan en situaciones
de ataque al débil, como el pasaje de Abraham cuando va a sacrificar a su hijo
Isaac. Saramago lee e interpreta la historia de forma literal y entonces no hay
justificación posible para ese Dios, por lo que nos encontramos que «»además de ser tan hijo de puta como el
señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con
su lengua bífida […] traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas
semejantes». ¿Quién no opinaría igual de alguien dispuesto a matar a su
hijo?
Lo asombroso de la nueva narración bíblica
de Saramago es que incide en la matanza continua de inocentes; no importa qué
les ocurra, lo que cuenta es la destrucción de todo lo que no le gusta a Dios,
aunque haya sido creado por él, para poder empezar de nuevo.
Caín se rebela cuando va conociendo la
historia, y se pregunta por qué él fue castigado por su crimen mientras que
Dios sale una y otra vez impune. El autor advierte que él no ha inventado nada;
usando el plural de modestia incluye al lector a la vez que aporta un toque
realista cuando afirma que somos «simples
repetidores de historias antiguas»; historias en las que la mujer ha sido
siempre la malvada, la liberal, la culpable de todas las desgracias ocurridas
en el mundo, como el incesto cometido por las hijas de Lot que el autor, con
gran humor, se encarga de desmontar «A un
hombre borracho de esa manera hasta el punto de no darse cuenta de lo que está
pasando, la cosa simplemente no se le levanta […] de engendrar, nada».
La ironía de sus páginas está repleta de complicidad con el lector, con quien consigue gran conexión emocional. La crítica queda suavizada y, paradójicamente, destacada.


