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martes, 6 de junio de 2017

EL ASESINO DESCONSOLADO



Es una pena, pero la octava entrega de la juez Mariana de Marco no es una novela policíaca. O al menos, no de las buenas. He leído las otras siete, he seguido las peripecias de la jueza y, las primeras novelas de la saga me gustaron, eran diferentes, no llegaban a novela negra sino que, mucho menos escabrosas constituían una trama bien hilada que quedaba salpicada por las anécdotas personales de la protagonista.

José Mª Guelbenzu dotó a Mariana de unos atributos propios de cualquier detective de novela policiaca, rasgos que conforman la personalidad investigadora que, en algunos casos, desvelan una mente atormentada y en otros una singularidad en la persona, pero en todos son los responsables de la genialidad de quien los porta.

Mariana de Marco tenía como principales características la intuición y la constancia en el trabajo, características laborales, porque sus atributos personales son la desinhibición sexual, un físico despampanante y una afición por el whisky que raya casi en el alcoholismo. En El asesino desconsolado, Mariana ha cumplido 46 años y mantiene su físico en plena forma, gracias a las carreras que practica por las mañanas; asimismo su adicción al alcohol no ha disminuido, la capacidad de recuperarse tras una noche bebiendo es casi mágica, sin embargo la intuición escasea, si no es que desaparece; a la jueza de Marco le falla el olfato de investigación, de hecho, no hay en la novela una inspección como tal, tampoco encontramos observación detallada, ni por parte de la policía, que se deja llevar limitándose a resolver lo que dice Mariana, ni de la propia Mariana que se aleja de su trabajo para meterse de lleno en su vida privada, en concreto en la relación que mantiene con Julia, su mejor amiga y con Javier Goitia, su presunto novio.

Ambos vínculos se desarrollan, en esta novela, poco definidos; nos queda la impresión de que con Javier intenta echar un pulso constantemente para ver quién tiene el poder en la relación, para ser ella quien dirija en todo momento los actos y las decisiones. Han pasado años desde que su marido la dejó y aún no lo ha superado. En cuanto a su unión con Julia es, como poco, ambigua; la mayoría de ocasiones no queda claro si es mera amistad o si traspasa los límites del cariño para introducirse en la atracción sexual, es cierto que Julia confiesa en El asesino desconsolado ser bisexual, pero, y no es que importe, en Mariana no es del todo evidente. En cualquier caso he visto una evolución insegura en su vida privada, se han dado demasiadas coincidencias que han influido en su conducta y han conseguido afectar a su trabajo.

En cuanto a la trama hay que buscarla con detenimiento. Todo gira en torno a un edificio al que se acaba de mudar Julia; en el momento en que lo está celebrando con su amiga Mariana llaman a la puerta y al abrir se encuentran con un cadáver apuñalado por la espalda. ¿Por qué llama el asesino y sale corriendo? ¿Por qué no lo deja simplemente tirado y se va? No lo sabemos. Sí nos damos cuenta de que el edificio es algo peculiar. Ni uno solo de los vecinos tiene un comportamiento normal; encontramos un chico medio loco, un hombre de negocios que parece ser su jefe, dos primas dudosas cuyo comportamiento pasa de la intromisión a la mala educación, y el asesinado, un jubilado, en principio muy normal, cuya única extravagancia era poseer un cuadro, o copia, de Monet.

Lo lógico es encauzar la investigación por el cuadro, pero se va liando todo y aparece muerto el portero, y cuando creían haber dado con la clave, también muere el galerista.

Lo más curioso no es esto, que podría estar bien, lo increíble es que apenas se soluciona nada. Los asesinos son descubiertos casi de casualidad, además suponemos que la policía los arresta pero no queda claro, como tampoco lo queda si el cuadro es verdadero o falso. Javier Goitia es enviado a París, por Mariana, para enterarse de la autenticidad del cuadro pero la novela termina antes de que llegue. Tampoco sabemos cómo Mariana consigue que Bartolo, uno de los asesinos, delate a los que faltan, ni qué fue lo que confesó Arturo, y podríamos haber estado al tanto puesto que el narrador, en tercera persona, es omnisciente y al principio mezcla la resolución del crimen con la de su vida «La vida junto a Javier se presentaba muy problemática [...] Tampoco le agradaba la idea de separarse de Julia [...] De pronto, sus pensamientos cambiaron de rumbo y regresó a la escena del crimen.»

Otras veces la voz narrativa cambia a Julia quien, en primera persona, cuenta aspectos tanto de su vida como de la de Mariana «Después de un silencio pedimos el postre. Desde unos días atrás Mariana manifestaba un comportamiento errático.» Efectivamente, tanto vagar de un lado para otro, de Marco descuida el caso, así que después de un lío que siempre vuelve al mismo sitio, Guelbenzu termina la novela de forma apresurada. Además de los cabos sueltos antes mencionados nos encontramos que la causa de que el libro se llame El asesino desconsolado, que parecía prometer algo imaginativo por los emoticonos llorosos, es algo totalmente infantil y casi fuera de contexto, como si el crimen no se tomara en serio; la idea religiosa es increíble del todo. Asimismo el argumento deja en suspense si las amigas continuarán juntas o no, y si Mariana continuará con Javier de la misma forma que hasta ahora. Lo que está claro es que deberá recuperar la intuición si quiere enganchar a los lectores. Ella no duda en creerse que, de pronto, ebria como estaba, le vino la solución gracias a algo que le reprochó Javier «se me hizo la luz cuando dijo que veía triple: esa palabra, triple, tres, fue la que me sugirió tres crímenes, tres asesinos cubriéndose entre sí». Puede ser por los efectos del alcohol, pero esa solución ya la apuntó antes Julia, y ni la juez ni el policía la tuvieron en cuenta:


—Es que [...] insistió Julia— son tres ejecuciones diferentes.
—Exactamente —afirmó Mariana.
—Tres —repitió Julia—. Las cuchilladas fueron distintas, una de un zurdo y la otra de un diestro. Y luego un estrangulamiento. Todo distinto


Y, por supuesto, creo que Mariana de Marco debe madurar como persona, dejar de obsesionarse por su físico (y el de su amiga) e intentar pensar en algo más profundo, para no caer en el mal gusto como le ocurre con Julia que, al ser violada por Arturo Álvarez, debe aguantar la salida de tono de su amiga «Yo creo que en cuanto se le pase la furia sexual que le ha dado por ti que, dicho sea de paso, estás muy buena —Mariana intentó quitarle hierro al asunto—, tendrá mucho que pensar y más que decirnos». En fin, más que broma parece una trivialización del asunto, y más cuando insinúa que la culpa ha sido de ella «y en albornoz, no te digo; así se puso Arturo como se puso. A quién se le ocurre abrir a casi un desconocido con esa pinta». No me gusta esta Mariana frívola, parece que esté quemando los últimos cartuchos de juventud, o madurez; el caso es que no es normal que su pensamiento sea tan tópico, y las situaciones por las que pasa, más tópicas todavía. Tanto ella como su amiga Julia son dos mujeres maduras, de éxito profesional, por lo que no me resulta creíble que piensen constantemente en su cuerpo «En más de una ocasión algún perro fue azuzado por su amo deseoso de trabar conversación con aquella alta y atractiva mujer» «Mariana, que se sabía atractiva, e interesante de cuerpo...» «¡Cáscaras! —exclamó divertida—, parezco más una modelo que una devoradora. Volvió a probar poses cambiando el ángulo de visión...»

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