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miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL FULGOR EFÍMERO

Las reseñas del El fulgor efímero se leen con gusto. De hecho crean adicción. No digo que podamos leer el libro de un tirón, más que nada por el acopio informativo de directores, actores, fechas y productores que hay en sus páginas. Son cincuenta y una películas repartidas en cincuenta y un capítulos, establecidos por orden cronológico, desde 1896 hasta 1977. Además hay tres apéndices, uno como homenaje a Ray Harryhansen, fallecido en 2013, otro a Fritz Lang en el que comenta «las diez mejores películas de Fritz Lang» y en el tercero considera «Las diez mejores películas de Jacques Tourneur».

Los 51 capítulos están llenos de curiosidades; ya el primero me atrajo por lo que tenía de novedoso para mí: la primera mujer que se dedicó a dirigir películas fue probablemente uno de los precedentes en el cine; Alice Guy nació en 1873 y a los 24 años, no destinó su vida sólo a las tareas del hogar como la mayoría de mujeres de su época sino que, secretaria de Gaumont, le propuso contar una historia con imágenes. José Luis Forte afirma que de esta manera tan sencilla nació el cine narrativo, algo parecido creo que le puede suceder a su libro, pues El fulgor efímero participa de una estructura elemental como hemos observado: un capítulo, una película, y sin embargo engancha a cualquier lector aficionado al cine; no hace falta ser un entendido en el séptimo arte para leerlo pues dentro de su sencillez está repleto de anécdotas y curiosidades, además de datos técnicos, que supondrán un éxito a su autor, no en vano viene avalado por El antepenúltimo mohicano, una de las mejores revistas de cine en la actualidad.

Otro capítulo atrayente es el dedicado al Vanguardismo Cañí, donde pese al ínfimo nivel de producción del cine español se destaca El sexto sentido, dirigida por Nemesio Sobrevila en 1929, y que aunque no llegó a estrenarse en los cines de la época, hoy podemos visualizar, gracias a la restauración de la Filmoteca Española, a un inaudito Ricardo Baroja interpretando al excéntrico filósofo Kamus que cree haber descubierto una forma de conocer la verdad de todas las cosas.

Especialmente interesante resulta la unión que Forte ofrece de dos tipos de arte tan distintos: la literatura y el cine. Es cierto que hay estudios sobre la relación entre dichas disciplinas pero la pasión con la que Forte recomienda algunas novelas es encomiable. Por mi parte he apuntado algunos títulos y estoy segura de que no me defraudarán.

El desencantado, de Budd Schulberg, escrita en 1950, me ha cautivado ya que está aconsejada para amantes de la literatura y el cine. Asimismo intentaré visionar El tren de las 3:10, dirigida por Delmer Daves en 1957 y protagonizada por Glen Ford, probablemente uno de los mejores actores de western que han existido. Me ha llamado la atención que José Luis Forte se fije precisamente en la distinción de Ford; estoy totalmente de acuerdo en que hay actores que podían protagonizar los papeles más abyectos sin perder la compostura ni el donaire. Cautivaron a la cámara en su momento y cautivan al público de cualquier época «Tras un poco de galanteo entre Wade y la camarera, donde comprobamos que aquel es además todo un galán, los vemos salir de una habitación: ella trae cara de satisfacción y Wade se recoloca su chaqueta. De esta forma tan elegante se contaba en el cine clásico lo que aquí hemos dicho de manera tan chusca».

El fervor con el que Forte describe las películas viene reforzado por las introducciones que hace de ellas, unas veces aludiendo a la novela o relato en los que están basadas, otras, teniendo en cuenta tesis anteriores sobre el tema principal de la película, otras, comentando la predisposición social a ese tipo de película en cuestión con diferentes trabajos del director y otras con una mezcla de todos los casos anteriores, como ocurre con Me casé con un monstruo del espacio exterior, dirigida por Gene Fowler Jr. en 1958. Por supuesto, una vez que nuestro autor ha introducido al director, la sociedad, la película y el tratamiento del tema, cuenta el argumento mientras destaca cierto defecto de la cinta disculpado por alguna técnica cinematográfica impecable, la profundidad de campo, las elipsis, el ritmo... e incluso escenas cándidas e ingenuas que atraen desde el punto de vista actual.

Pero con lo que consigue que los lectores quedemos persuadidos a leer el libro y a ver las películas es, sin duda, el ímpetu con el que podríamos definir su estilo; la pasión que Forte tiene por el cine se traslada a una narración entusiasta plena de imágenes sugerentes que, salpicada por onomatopeyas impactantes con las que define el final de alguna secuencia «¡zas!» y cargada de humor, sirve para analizar y comparar dos etapas de la historia cinematográfica «Si se desataba un ciclón o se desbordaba un río, allá que se lanzaban los equipos técnicos con unos cuantos extras a rodar teniendo en cuenta que iban a poder contar con efectos especiales gratis»

El vocabulario coloquial, recuerdo del utilizado en el cómic o en el de aquellas películas de la época dorada, confieren, si cabe, con sus hipérboles una mayor fogosidad a lo narrado «cabriolas» «gamberrísima genialidad» «ni hemos mentado» «los tejemanejes» «tremebundo» «tempranísimo»...

En los análisis late cierta reverencia a las primeras cintas, de hecho no duda en descalificar versiones posteriores «Su Frankestein de 1910 [...] No más de trece minutos de duración que dejan en evidencia otras adaptaciones posteriores, la papanatada de Kenneth Branagh sin ir más lejos».

Un rigor absoluto domina los comentarios técnicos que diferencian el texto narrativo, origen de la película, del fílmico; asimismo no escatima en la exposición de curiosas técnicas rudimentarias con las que realizaban en el pasado los efectos especiales. El resultado es un conjunto de interesantes reseñas enriquecido si cabe por una fotografía espectacular, en blanco y negro, de una calidad absoluta, que consigue despertar cierta querencia por el cine, «excelentes efectos especiales [...] valiéndose del truco de quemar un maniquí y reproducir la secuencia al revés logrando un efecto desasosegante...».

Las críticas se dividen de forma natural en dos grandes apartados: cine mudo y sonoro. Obviamente no son iguales por lo que José L. Forte incide en las peculiaridades de ambos. Es consciente de las condiciones socioculturales de cada película, así como de que las reglas de montaje y los códigos de significado varían según el momento y el lugar. Por supuesto en los dos casos alude a posibles imágenes indicio que cobrarán verdadero sentido en la elaboración posterior del significante, es lo que ocurre, por ejemplo, en Atrapa a un ladrón, dirigida por el genial Alfred Hitchcock, en 1955 y protagonizada por el imparable Cary Grant «Corte a un gato negro (broma visual a costa del ladrón que después sabremos que es el principal sospechoso) caminando sigiloso [...] Así Hitchcock marca a la perfección el tono socarrón y divertido de toda la película que se desarrollará a continuación».

Y es, como no podía ser de otra manera, lo que ha sucedido desde los comienzos del cine, pues en 1917, Allan Dawn dirigió El moderno mosquetero en la que el actor «el incombustible Douglas Fairbanks» abre el film cabalgando hasta detenerse en la puerta de un mesón, «De pronto descubre la cámara [...] pone cara de “bueno, ya veis, de esto es de lo que voy ahora”, se echa la capa al hombro y guiña descaradamente al público señalando el interior del mesón [...] todo indica que (la acción) va a ser trepidante. Y creedme que lo es.»

El autor de El fulgor efímero no sólo comenta estas imágenes indicio, sino que tiene en cuenta que, a veces van cargadas de un tratamiento psicológico–proyectivo que hace que podamos relacionar obras y personajes de principios de siglo con la actualidad. Es lo que ocurre con Sherlock Holmes. El misterio de los peces saltadores se centra en «la fama de detective científico del gran Sherlock, en su capacidad increíble para disfrazarse y, cómo no, en su afición a las drogas. Arthur Conan Doyle, en la segunda novela protagonizada por Sherlock Holmes, El signo de los cuatro, muestra a su héroe justo en el primer párrafo inyectándose con un jeringuilla una disolución de cocaína». Es cierto que en la época de Doyle algunos escritores tenían fama de drogadictos, incluso visitaban fumaderos de opio instalados “cómodamente” en la sociedad, pero ha de pasar más de un siglo para que volvamos a ver en pantalla la parte “menos amable” y divertida del detective. No sé qué opinará Forte pero probablemente sea la serie inglesa Sherlock de 2010, protagonizada por Benedict Cumberbatch la que se ajuste más a la concepción salvaje del personaje de Conan Doyle, por supuesto cien años después de que Christy Cabanne y John Emerson dirigieran el mediometraje antes aludido para parodiar, a través de su personaje Coke Ennyday, la figura de Sherlock Holmes «Es brutal cómo el bueno de Coke se inyecta una dosis a casi cada plano, y cuando no está con la jeringuilla está esnifando cocaína o comiéndose un bote entero de opio». Imágenes indicio en las que podemos valorar el enfoque interior del personaje que prepara para un cine posterior.

En el cine mudo destaca la banda–imagen, aludiendo no sólo a los fotogramas sino también a expresiones escritas que aparecen en pantalla y que van facilitando la comprensión de la película a los espectadores aunque a veces en detrimento de la propia cinta. «El episodio dará fin con la habitual fuga imposible de Fantomas de entre las garras de Juve y Fandor, lamentablemente contada con un intertítulo pues la secuencia está perdida.»

Asimismo Forte hace hincapié, en esta primera etapa del cine sobre todo, en los gestos de los actores que consiguen hacer que triunfe o no la película, pues serán estas expresiones las que hablen a un público ávido de entretenimiento novedoso, «...por la increíble actuación de Colleen Moore, llena de vida, vibrante, emocionante en cada gesto [...] Creed que la película es ella, es Collen Moore vibrando a través del tiempo con una intensidad incombustible». Está claro que es nuestro autor el que se apasiona con estas películas; su amor por el cine como obra de arte es evidente y nos lo transmite «...esto es cine comercial de los años 20. Y viéndolo hoy, uno sueña con que el cine comercial de nuestros tiempos fuera tan solo una décima parte de bueno.»

Y, por supuesto, no sería un buen análisis de la banda–imagen si no mencionara experimentos mediante los cuales los montajes cinematográficos eran capaces de manejar al espectador al hacerle creer que un personaje era más importante que otro o que una escena era fundamental pues hacía fijar la atención en un detalle particular. En un cine en el que la palabra no tenía cabida, la utilización del montaje como arma narrativa fue clave en los avances de algo que casi en la década de los 30 aún «no era considerado por todos un arte, por lo que no se pensaba ni en su preservación ni en su conservación».

La primera película que comenta del cine sonoro llama la atención porque lo que destaca de ella, de la banda–sonido, es «Durante cincuenta minutos asistiremos a una comedia de desarrollo plomizo, chiste de humor grueso, situaciones graciosas que solo dan vergüenza ajena por lo forzadas y torpes que resultan...» Sin embargo, José Luis Forte ha indagado en todas las películas hasta llegar al porqué son consideradas joyas fílmicas, por eso, si no merecen la pena los diálogos de Madame Satán (dirigida por Cecil B. DeMille en 1930), sí es conveniente asistir al magnífico ejercicio vanguardista que llevan a cabo «los planos del zepelín amarrado a una alta torre metálica recortándose contra la ciudad y un cielo tenebroso».

Así pues, desde el capítulo 13 tenemos el placer de encontrar cintas “habladas”, directores inéditos de cine, ocultos o desconocidos de cualquier nacionalidad y profundizar en aquellos más célebres o prestigiosos para conocer hechos ignorados de sus vidas o desentrañar algunas de sus obras más famosas.

La colección de películas que componen El fulgor efímero no se puede considerar sólo como una filmografía pues aunque son interesantísimos los datos técnicos, las fechas de cada película y las proyecciones sociales de éstas, es importante tener en cuenta su contenido cinéfilo, repleto de reseñas cinematográficas y comentarios sobre elementos formales y de contenido.


No sé si la finalidad de José Luis Forte al escribir este libro era captar espectadores pero sus comentarios apasionados, el tener en cuenta la relación entre los diferentes planos fílmicos, el hacer coincidir dichos planos con una música evocadora y señalar el nivel de fidelidad a una narración anterior, consiguen que los lectores seamos capaces de entender la motivación que llevó a los directores a mostrar algo desde un ángulo determinado, seamos capaces de amar un poco más el cine.

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