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miércoles, 17 de agosto de 2016

SEÑALES DE HUMO. Manual de literatura para caníbales I

Una de las finalidades de la literatura es producir extrañamiento en el lector, esto es, que alguien lee algo, no lo entiende bien o le choca por alguna razón, le extraña y se detiene hasta que no descubre aquello que no ha entendido. Pues esta función literaria la cumple, con creces, esta novela porque nada más cogerla la vista se me fue al subtítulo: Manual de literatura para caníbales I. Un momento, yo ya he leído Manual de literatura para caníbales ¿Por qué este volumen no es el II? Comprendí entonces que Señales de humo era el manual de literatura anterior al siglo XVIII. Efectivamente, pero mientras el primer libro estaba escrito más como ensayo, ahora el subgénero no está claro: tiene características del ensayo y de la crítica, aunque por supuesto es una novela porque goza de narrador con nombre, Martín. La clave que une a los dos ejemplares está en el apellido, que no conocemos hasta el Epílogo; sólo entonces cobrará sentido el Manual literario para acoplarse al presente actual.

Este narrador, aunque es siempre el mismo y cuenta el argumento desde le psiquiátrico en el que está ingresado, se multiplica en diferentes narradores, cada uno de naturaleza distinta y época distinta; así consigue contar la historia de la literatura como narrador testigo desde la Edad Media hasta el final del Barroco.

Este narrador cambiante se dirige siempre a un mismo narratario, de hecho es invocado en numerosas ocasiones como «gente del porvenir». Creo que, como cualquier narratario, es un producto de ficción situado en el mismo nivel diegético (incluso extradiegético) que el narrador, de ahí la dificultad para encontrarlo. El narratario de la literatura sí es la gente del porvenir, pero el de Señales de humo no puede ser ese otro formado por “todos los demás” que cantara César Vallejo. ¿O sí? Creo que Rafael Reig propone aquí una utopía y es la de educar la imaginación, la de que todos aprendamos a leer, aunque yo me pregunto ¿si los grandes de otros tiempos terminaron derrotados al darse cuenta del panorama que los rodeaba, nosotros podremos cambiarlo? Es encomiable la finalidad del autor al escribir el libro sin embargo yo soy pesimista ante ese «avance de la ciencia literaria e por ende la redención de la humanidad». Veo la literatura que triunfa (no toda afortunadamente) y veo el sistema educativo... ¡Y me echo las manos a la cabeza! Pero esta disertación corresponde a otro espacio.

Aquí quiero reseñar que Señales de humo está escrito con cariño, está escrito con humor y está escrito con una precisión abrumadora, de forma tan culta a veces que debes acudir al diccionario, escrito con la palabra adecuada, capaz de contener un hecho y a unos personajes que, si no conoces, puede dificultar el continuo narrativo, pues el narrador protagonista, Martín, se va corporeizando en diferentes seres, incluso en un gato si tiene que estar con Lope de Vega para inspirarle su Gatomaquia.

Sin embargo, aunque sea difícil en algún momento, hay que leerlo. La dificultad reside (creo) en que el protagonista es un personaje de cualquier época. Martín, personaje actual se va disociando en otros personajes imaginarios de diferentes épocas, que conectan con el real para relacionar la literatura, para demostrar, como hicieron los Belinchón de Manual de literatura para caníbales, que existe una cadena trófica. Pero en el optimista Reig también hay un punto de amargura, Martín llega tarde —de nuevo— para ser parte de esa cadena puesto que nadie recordará su papel —o sus papeles—. Señales de humo es una reivindicación de la literatura popular, la que sale de la imaginación y del sentimiento, ligera de normas que la encorseten y que a base de repetirse la desvirtúan. La novela es un canto a la literatura del pueblo, esa que fue creada de manera oral por el hombre, y que luego el mismo hombre desbancó para dar cánones de la LITERATURA con mayúsculas, revestida si cabe de belleza, pero desprovista de naturalidad.

Martín es el encargado de unir literatura y realidad. Si Alonso Quijano se volvió loco por leer muchísimos libros de caballerías, y se convirtió en don Quijote, Martín, de tanto leer literatura en general, se vuelve loco para convertirse en diferentes personajes. Don Quijote quería salvar al mundo de la injusticia y la crueldad. Martín quiere salvarlo de la incultura, de la falta de imaginación. Para ello observa la Historia a través de la Literatura; en su viaje por el tiempo convive con diferentes estilos y personas para conseguir el triunfo de la imaginación e interpretar la historia; nos invita a ser partícipes de lo que nos rodea, pero esto es un problema (entra en la utopía de antes) porque si empezamos a profundizar en nuestra imaginación terminaremos haciendo lo mismo con la realidad, y eso no les interesa a los políticos y a los que gobiernan.

Señales de humo es una llamada de atención a todos los futuros lectores, para que sepamos interpretar las señales y podamos decidir con libertad qué queremos y qué nos conviene. Es un ataque a los que impiden una vida digna a los autores que la Historia ha consagrado pero en su momento sufrieron las consecuencias de políticos iletrados, de gobernantes faltos de sensibilidad y de ciudadanos faltos de imaginación y, sin embargo, ellos se fortalecieron en su literatura para burlarse de todos; puede que murieran casi en la miseria pero no callaron en ningún momento «Elena [...] se había casado en 1576 con Cristóbal Calderón, casi siempre ausente y consentidor, como era costumbre en aquellos tiempos, desde el buen Lázaro de Tormes, hasta el punto en que declaró Quevedo llegado el momento en que “ha de ararse España con maridos”».

El narrador múltiple pide que nos reencarnemos de manera honorable al aprender a leer, debemos encontrar a Cervantes en Cide Hamete Benengelli, a Lope en Tomé de Burguillos para interpretar la frustración que sintieron al no ser valorados

Créeme, Juana, y llámate Juanilla;
mira que la mejor parte de España,
pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Tomé de Burguillos queda aquí igualado a don Quijote, así Reig reconcilia a los dos autores auriseculares para identificarlos con los poetas sociales de la Generación de los 50, porque sólo teniendo en cuenta a estos grandes, podremos tener conciencia de clase y empezar la transformación social «frente al derecho propugnado por los poderosos de ser uno mismo, se alza el derecho y el deber de ser todos los demás. La guerra no ha terminado».

Pues señor Reig, vaya ahí también mi deseo.

Señales de humo es un verdadero Manual de Literatura en el que, a lo largo de la ficción narrativa, encontramos numerosos guiños a diferentes autores, a Garcilaso «Seres del porvenir, pensad en mí, deteneos a contemplar mi estado»; a Berceo «vi un prado verde e bien sencido, lugar cobdiciadero para omne cansado», a Petrarca a través de Quevedo o viceversa «Mucho más que Quevedo, él (Petrarca) sí vivió en permanente conversación con los difuntos».

Cuando Martín se reencarna en el Arcipreste del Lazarillo, no duda en comparar su caso al del Arcipreste de Hita y al de Humbert, el protagonista de Lolita «no habrá ningún consuelo para mi aflicción ni remisión par mis pecados. ¡Ay, corazón, cómo te vas a morir!».

Encontramos cierta admiración por los numerosos libros que sobre el Quijote, Sancho o Cervantes ha escrito Andrés Trapiello; quizás por eso encuadra a nuestro querido escritor, con gran dosis de humor y cariño, en un psiquiátrico «No había reparado en estas palabras cuando leí la novelas, pero me las hizo notar un novelista (o eso dijo ser) al que encontré en un pasillo de la Clínica Valdemar [...] Andrés Trapiello me dijo que se llamaba, y me sonó a nombre inventado...».

Y un claro homenaje a otro de los grandes, Juan Eslava Galán, pues si en un momento determinado alude al Misterioso asesinato en casa de Cervantes, «Las Cervantas eran todas litigantes, ambiciosas y alquiladizas», algo después aparece claramente el argumento de la novela.

Pero las señas de admiración abarcan también a obras de la literatura popular, el Romance del conde Arnaldos queda recordado «Yo no digo esta canción / sino a quien conmigo va». La Celestina ocupa asimismo un lugar importante ya que Martín se convierte en Alonso, que no es otro que el Pármeno original «Rojas y yo echamos a andar hacia las afueras [...] Dije mi nombre: Alonso. Esa era la persona a cuyos nervios se habían adherido los míos [...] Abrió una vieja que había sido puta y ahora era hechicera y alcahueta, y me llamaba hijo, porque había sido amiga de la madre de Alonso». Y, por supuesto, El lazarillo, cuyo éxito reside en su sencillez, en que es reflejo de lo real «aquí no hay ungüentos maravillosos ni metamorfosis mágica. O sólo una: la de Lazarillo en Lázaro [...] el resultado (inevitable) de una vida humana, como la de cualquier otro.»

Y si no bastaba con estos ejemplos de unificación de estilos y épocas en una novela para elogiarla, aparecen múltiples curiosidades, que aportan humor, ironía o incluso sarcasmo, sobre diversos eventos de la historia. El heterogéneo Martín es el encargado de desvelarlas porque ha sido testigo de ellas... ¿quién no querría estar en su lugar? Pues de la Edad Media nos trae el significado del refrán «son habas contadas», con gran carga de brujería. Su teoría de la autoría femenina (que me gustaría creer) en las jarchas o la cantiga de amigo. Nos enteramos por qué los esclavos romanos bebían la orina de sus amos y del significado de algunos números y nombres. Me encanta la etimología (popular) de algunas palabras como celulitis, cadáver y mujer. Y por supuesto son admirables las diferentes teorías que se van exponiendo durante el argumento como la irónica evolución del amor a partir del amor cortés «La invención del amor verdadero (es decir cortés) tuvo lugar hacia el siglo XI en [...] Provenza [...] y se extendió de inmediato entre la nobleza europea como nueva práctica deportiva, igual que en otros tiempos lo haría el golf o el pádel [...] Hasta entonces el amor era algo que sucedía por fuera [...] en un locus amoenus [...] Ahora va a ser algo que sucede dentro, en esa alma que acaba de ser inventada...».

Genial es la jocosa teoría de por qué se impuso el castellano en España «nos explicaba Lapesa la supremacía del castellano como si hablara de uno de aquellos “ejecutivos agresivos” [...] Mientras el leonés y aragonés se estancaban [...] el tajante castellano reducía los grupos vocálicos y decía con firmeza castilla, silla, avispa y arista. Inventivo y vigoroso produjo una ch para poder decir hecho, leche y mucho, cuando los otros romances seguían pronunciando los titubeantes y poco varoniles feito, leite y hasta el aportuguesado muito...».

Así mismo reiremos con la explicación de por qué el Cid sigue luchando por Alfonso una vez que se enriquece, y con la teoría de que Petrarca es el padre del alpinismo «El 26 de abril de 1336, Francesco Petrarca, de 33 años, decidió subir al Mont Ventoux, impulsado únicamente por el deseo de mirar desde la cima de un lugar tan alto [...] hasta entonces a nadie se le había ocurrido [...] A las montañas se subía para algo útil: atacar desde arriba [...] recoger unas tablas de la ley [...] asistir a espectaculares crucifixiones...».

Reig propone que cambiemos nuestra forma de leer para reinventar la historia, para reinventar la tradición, para «encontrar otra respuesta a cómo contar una vida», igual que cada escritor necesita imaginación para «leer la tradición y la utiliza de manera diferente, la crea, como el autor del Lazarillo seleccionó entre los materiales disponibles (Apuleyo, quizá Luciano, las cartas mensajeras, las autobiografías, etc.) y así inventó su propia tradición.»


Pues sí, ojalá todos aprendamos a leer, leamos mucho y dejemos volar la imaginación. La realidad será más amable.

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