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jueves, 28 de julio de 2016

LOS PODEROSOS LO QUIEREN TODO

Después de leer Los poderosos lo quieren todo me viene a la mente la palabra experimentación. No es que el autor haya ensayado con alguna técnica nueva (pues todas se muestran en alguna parte de nuestra literatura) pero creo que hasta ahora no había encontrado tantas juntas: Los nombres ridículos que parodian una característica de quien los porta han aparecido desde los griegos clásicos, y por supuesto causan hilaridad al tiempo que ayudan a hacernos una idea de cómo será el nominado. Los poderosos de esta historia son Hermógenes Arbusto, su mujer Ilustración Frondoso y sus hijas Maribel y Verónica Arbusto Frondoso; por el contrario el méndigo es Martínez, en claro apellido usual español que parodia la indiferencia e indolencia de los españoles. Igualmente, el político Luis Lajodiste, monseñor Lacón y Grelos, la inmigrante Altagracia Miamol, la prostituta Magdalena Desamants, el empresario Serafí Nadal-Zambomba y su auxiliar de contabilidad Florencio Capullo, el periodista Palito Escobosa o el canónigo Verdura conforman toda una galería de personajes tipo que, por desgracia, pueblan nuestra sociedad actual, por lo que se deforman, como tantas personas reales, hasta convertirse en esperpentos.

La incursión del diablo es también una baza atractiva, mucho más que los ángeles o el propio dios, asimismo muy socorridos para aportar ese punto de poder que nos beneficia, pero carentes de la sensualidad y sexualidad desenfrenada del demonio; la última incorporación es Lucifer, una serie de televisión entretenida cuyo protagonista intenta ayudar a una policía porque lo atrae irremediablemente ya que es la única que no ha sucumbido a sus encantos. Sin embargo Forcas, el diablo de José Mª Guelbenzu, termina haciendo una chapuza de trabajo, descubre la imaginación y siente que su realidad se tambalea «Traidores sentimientos». Será desterrado del infierno, aunque eso no le suponga un problema.

La venta del alma al diablo ha estado en las páginas de la literatura desde hace siglos; en la mente del ser humano probablemente desde que tiene uso de razón. Es muy tentador olvidarse de las normas, hacer lo que nos venga en gana en todo momento sin tener que pagar las consecuencias; todo lo contrario, disfrutaremos de belleza, o poder, o dinero, o éxito, o todo junto; es verdad que a cambio padeceremos durante toda la eternidad, pero quién piensa en eso si vamos a tener nuestros deseos al alcance de la mano para beneficiarnos cuando queramos.

El alemán Spies, en el siglo XVI, planteó la historia del teólogo Fausto, que quiere vender su alma al diablo a cambio de someterlo a sus órdenes durante 24 años. Continúa el mito fáustico con Goethe (alcanzando su cota máxima) y a partir de ahí muchos escritores han sucumbido a la tentación de experimentar con las pasiones del ser humano, Wilde, Calderón, Shakespeare... El problema es que no sería ético vencer al mal, el propio Goethe lo dijo «Las grandes pasiones son enfermedades incurables. Lo que podría curarlas las haría verdaderamente peligrosas»; por eso, todos aquellos que intentan burlar la ley divina o humana mueren de forma violenta y a manos del diablo, recordando una vez más su penar eterno.

Sin embargo, Forcas no ha hecho bien su trabajo por lo que el castigo de Hermógenes Arbusto queda como una parodia, sin darle tiempo a verlo venir, sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

Que un personaje encarne un mito es normal, incluso se ha dado el hecho de que dos mitos se igualen, no en vano se considera  a don Juan el Fausto español, pero cuando un personaje es el símbolo de Fausto, del tío Gilito, del padre de la bella durmiente y del Cid, la historia sobrepasa cualquier razonamiento y se incluye en los límites del tebeo, de la burla. Efectivamente, no sólo los personajes, la trama está construida como un tablado de marionetas, el propio título de los capítulos nos va dando pistas: Arriba el telón... Se amplía el escenario... Continúa la ficción... y, como ya hiciera Valle Inclán en su momento, Guelbenzu se basa en un cuento infantil (o varios) y deforma cualquier valor tradicional para construir una sátira paródica del poder estatal y eclesiástico, de la clase alta española y de tantos literatos que escriben exclusivamente por el premio, olvidándose de la verdadera pasión por la literatura «Naturalmente, no todos los asistentes respondían al mismo talante; también había jóvenes en los que, [...], el empeño literario surfeaba sobre el oleaje de las bajas pasiones». Los poderosos lo quieren todo es una parodia de la ambición desmedida y una sátira hacia todos aquellos que se aferran a lo material olvidando los sentimientos y la imaginación. De hecho, cuando Forcas descubre estas cualidades deja de ser demonio para convertirse en un ser humano. Fantástica comparación, más si tenemos en cuenta el título de la obra noventayochista Tablado de marionetas: para educación de príncipes (la pena es que probablemente no la lea quien debiera).

La última experimentación que he encontrado (y por favor, si alguien ha visto otra, ruego que lo diga) es la relación directa entre autor y personajes. Unamuno, también de la generación del 98, ya hizo que Augusto, el personaje de Niebla se rebelara contra su no existencia; cuando el autor “lo mata”, le envía un telegrama «enhorabuena, se ha salido usted con la suya».

Ahora es el narrador quien, quejándose del anonimato al que está sometido, cobra vida propia y establece su historia en paralelo con la trama de la familia Arbusto Frondoso: «Irrumpe el narrador», «El narrador de nuevo», «El narrador exige un descanso» (y como el autor no atiende a su propuestas) «El narrador precisa por su cuenta», «el narrador se impacienta», hasta que «el narrador toma decisiones», consiguiendo «un final precipitado», broche de humor fantástico en el que el propio Guelbenzu debe terminar la obra como puede; al quedarse sin narrador van pasando por delante del lector una serie de imágenes que describen (como una secuencia de cine mudo) el final de la novela, aunque el «Punto final» sea una escena teatral (de nuevo el tablado esperpéntico) entre el plumillas y Tomás Beovide, los dos pretendientes de las hermanas Arbusto Frondoso.

Fantástico recorrido por la literatura, como hemos comprobado, por lo que la novela no es sólo una parodia, sino un homenaje a la buena literatura y a los buenos escritores, y por contraposición una burla irónica a los que han brillado de manera incomprensible, y a la imposibilidad de unir la belleza del arte literario con la fealdad del sistema educativo.

Y, por supuesto, merece la pena dar un repaso al estilo, en el que en clave paródica encontramos variados recursos, como descripciones gradatorias ascendentes para reforzar la ausencia de gusto en algunos millonarios «...En realidad, y siendo un poquito críticos, la casa parecía una tienda...» o personificaciones de plantas que animalizan, por contraste, a los humanos «...más sucios que deteriorados, con breves balcones atiborrados de tablas de planchar, bicicletas, armarios de cocina [...] De cuando en cuando asomaban unos geranios sin mucha convicción». Las metáforas sirven para criticar a algunos inversionistas

...(su interlocutor) Tenía un parche en el ojo izquierdo, pata de palo y un pañuelo de lunares anudado a la cabeza... —No pretenderá usted [...] —Amigo, ¿por quién me toma? Yo soy un profesional —alardeó el pirata—, y por eso sé que no tiene usted un duro que rascar. —Volvía a tener el aspecto de ejecutivo trajeado...

Los juegos de palabras basados en la similitud de significantes ayudan a conformar una sociedad inculta, pero rica «Ah, ya lo entiendo: la maceta es una figura retórica. Una metástasis. —Metáfora —precisó Ilustra desconcertada.»

Las descripciones de los personajes y sus actos son de gran precisión gracias a la utilización de coloquialismos metafóricos, vulgarismos e incluso la unión de coloquialismos a imágenes humorísticas «Hijo, no sé qué te pasa, que estás hecho un hurón», «...su hija Verónica y un tirillas que debía doblarla la edad estaban pelando la pava», «...salió de naja en dirección contraria y salvó el muro de protección con agilidad digna de un contorsionista de circo».

Afloran los guiños a los grandes escritores, aunque de forma sutil. La llamada al Carpe Diem que Góngora hiciera en su soneto Mientras por competir con tu cabello, aparece en Tomás Beovide «Todo lo que él sentía dentro de sí no podía quedarse en humo, en aire, en nada», recordando al último verso del poema gongorino «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La novela no sólo alude a la Edad de Oro y Plata de las letras españolas. Hasta la Edad Media nos retrotraemos al leer «Hermógenes [...] se limitó a echarles una de sus famosas miradas feroces, tan famosas y tan feroces que se dice que, en su juventud, acojonó a un oso pardo en los Montes de León». Claro recuerdo de nuestro Cid Campeador y su episodio del león en el robledal de Corpes.

Otro rasgo de estilo, humorístico, es que al narrador, omnisciente, lo saca de su error algún personaje que aparece de repente, mientras aquél continúa su relato «María Ilustración [...] avizoraba el encuentro desde detrás de una columna jónica que formaba parte del decorado (“Dórica”, le susurró un camarero al pasar) con el corazón palpitante». Las comparaciones que igualan la consideración y la delincuencia son primordialmente sarcásticas «cuyos preciosos conocimientos en materia fiscal, con especial referencia al blanqueo, ocultamiento de capitales y evasión eran harto reconocidos tanto en los más respetados círculos empresariales como entre la delincuencia internacional».


Los poderosos lo quieren todo es una parodia de nuestra sociedad actual ¿Somos conscientes de que todos formamos esta sociedad? ¿Somos conscientes de que la mayoría somos Martínez? ¿Somos conscientes de que sufrimos y permitimos los abusos? Ahí reside el punto amargo de la sátira.

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